La sanidad pública no se defiende diciendo "sanidad pública" muchas veces. Se defiende apoyando a sus profesionales, dignificando su profesión y recompensando justamente los desvelos y los sacrificios que los médicos han realizado para llegar a serlo y que siguen realizando cada día. Defender la "sanidad pública" no puede ser una campaña de márketing. Ni siquiera es un privilegio, como quiere venderse: no es una gracia concedida por el Estado. Y, sobre todo, la sanidad pública NO ES GRATUITA. Cuesta. Y cuesta mucho: la ingente cantidad de dinero que los trabajadores aportan a las cuentas públicas, las horas sin fin de estudio y práctica médica de los profesionales y, sobre todo, la salud de unos trabajadores que en España están entre los más maltratados del mundo, con horarios imposibles, sobrecarga de funciones, retribuciones estancadas y, desde hace ya demasiado tiempo, el desprecio moral que reciben de una casta política que insiste en considerar el mérito como una imposición elitista.
La ministra Mónica García está actuando desde la mala fe de quien pretende justificar su inmerecido cargo agasajando a sus empleadores, intensificando el conflicto hasta el punto de no retorno de días de huelga que son, por encima de cualquier otra interpretación, una vergüenza para el Estado. Llegó a decir la miserable García en la televisión pública que los médicos cobran "de media" el sueldo de un ministro. A lo cual podría haber añadido que esos mismos médicos tienen, de media, un ático en el Retiro como el suyo. Pero lo peor es que, mientras se repite la consigna de "defender lo público", se tolera y hasta promueve que los hospitales funcionen gracias a plantillas cada vez más agotadas bajo la perversa creencia de que el oficio médico es un compromiso moral antes que un oficio que merece respeto.
La sanidad pública no se derrumba por conspiraciones externas ni por una supuesta amenaza privatizadora. Se derrumba por la incompetencia de quienes, teniendo en sus manos la responsabilidad de su gestión, confunden administración com propaganda y creen que basta con repetir consignas para que los problemas desaparezcan. Y no desaparecen. Lo que hacen es crecer y a la vista y para sufrimiento de todos: listas de espera disparadas, atención primaria al límite, especialidades con vacantes sin cubrir y jóvenes médicos que se marchan al extranjero porque allí se recompensa su tiempo y se defiende su dignidad profesional.
Defender la sanidad pública es defender a los médicos y rechazar el insultante Estatuto Marco propuesto por el Ministerio. Los médicos no son una abstracción política ni un concepto decorativo en una pancarta. Son personas concretas que cada día renuncian a tiempo, sueño y tranquilidad para que otros puedan conservar su salud. Sin profesionales respetados, ninguna sanidad puede sobrevivir.
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