Saludos
@FEGASG , conforme lo conversado en algún momento, planteo esta conversación con
@mariabrownp , inicio el diálogo con este texto , que no tuvo la oportunidad de ser publicado en primicias, saludos. Educación, la revolución olvidada Que el desarrollo de un país no dependa de sus recursos naturales es un hecho suficientemente conocido, sin embargo, a veces se necesita mencionar lo evidente. La sociedad ecuatoriana sufre niveles de pobreza -multidimencional- de alrededor del 42% (INEC 2025), a pesar de contar con más recursos naturales aprovechables, -por kilómetro cuadrado- que toda Europa incluyendo a Rusia. ¿Cómo se explica que un territorio con aquella enorme densidad de bienes siga ocupando los últimos lugares del hemisferio en el ámbito del desarrollo? Muchos intelectuales han intentado explicar los factores que hacen que una sociedad mejore sus condiciones de vida. El pensador Peruano José Carlos Mariátegui, sostenía que el verdadero gran problema de la región andina era el acceso a la tierra, por lo tanto, reclamó que se generen políticas de redistribución agraria en beneficio de grupos excluidos, como los indígenas. El tiempo pasó e ideas de ese tipo inspiraron varias reformas políticas en la región andina. El gobierno de Perú expropió millones de hectáreas en 1969, y se las entregó a los campesinos; Bolivia inició un proceso afín en 1959; y el Ecuador vivió una accidentada versión de reforma agraria en 1964. Además, en el marco de políticas posteriores, en 1992, el entonces presidente Rodrigo Borja entregó más de un millón de hectáreas a comunidades indígenas de la Amazonía ecuatoriana. En todos los ejemplos mencionados la mayor parte de aquella tierra fue entregada como propiedad comunitaria. Ciertamente aquellos esfuerzos estuvieron lejos de ser perfectos, a pesar de haber generado cambios importantes en la distribución. De todas formas, las condiciones de vida de los más desposeídos no sufrieron variaciones profundas. Aún hoy, la pobreza multidimensional rural llega al 70% (INEC 2025) en Ecuador. Claramente aquellas estrategias fueron insuficientes. Autores contemporáneos, usando metodologías más sofisticadas, han sugerido que las diferencias en el crecimiento económico entre países obedecen a elementos distintos: las instituciones. Acemoglu y Robinson, diseñaron una de las tesis más aceptadas de nuestros tiempos, para ellos, algunos países orientaron sus sistemas sociales a los intereses de las élites políticas y sus círculos de influencia, generando contextos extractivos en los que los beneficiarios serían únicamente quienes tienen el poder de planificar la economía a su favor; mientras, por otro lado, existirían países que construyeron instituciones inclusivas que facilitaron el establecimiento de economías abiertas con escaza intervención de caudillos políticos en las decisiones individuales. Los autores realizaron una amplia comparación de casos entre esas dos formas de ordenamiento institucional, extractivos e inclusivos, concluyendo que las libertades individuales, promovidas por las últimas, marcan una diferencia positiva poco cuestionable y plenamente verificable. Ciertamente, las ideas de Acemoglu y Robinson, tienen un mejor poder explicativo que aquellas que reducen las proyecciones de crecimiento a elementos como los recursos naturales o las políticas de redistribución, sin embargo, no terminan de explicar el predicamento de casos heterogéneos como el ecuatoriano, que luego de por lo menos cinco revoluciones, veinte constituciones y decenas de cambios institucionales no parece haberse movido lo suficiente en la dirección adecuada con respecto al desarrollo. Una explicación más sencilla y efectiva pudo haber sido descifrada por una mujer llamada Dolores Cacuango hace ochenta años. Poco tiempo después de la primera reforma agraria, ella se dio cuenta que los desposeídos no podrían mejorar sus condiciones de vida si no lograban articularse a las esferas modernas de conocimiento; de ese modo en 1946 fundo las primeras escuelas bilingües en Cayambe. Cacuango entendió tempranamente que el factor definitivo en la mejora de las condiciones de vida debía ser la educación. Aquel sutil cambio de dirección inició el proceso más significativo de desarrollo en las comunidades nativas del país. Leer, escribir, sumar y restar, fue solo el inicio. Pronto varias comunidades se sumaron a los círculos comerciales de sus comunidades de forma más efectiva; podían negociar con actores de otras localidades, emprender proyectos lejos de sus zonas comunitarias, cultivar individualidades más allá de visiones colectivistas cerradas. Los indicadores no mienten. Las zonas en que se establecieron programas educativos de largo aliento, y con mayores años de escolaridad, se destacaron sobre aquellas donde el acceso a la educación era más restringido. Los discursos de los líderes con antecedentes educativos más sólidos, también se hicieron más sofisticados. Es difícil mostrarlo en un breve artículo de opinión, pero créame, el factor de movilidad social y mejora de condiciones de vida, más importante, que puede identificarse en el Ecuador se relaciona directamente con la educación. Los datos son innegables. Por eso resulta paradójico que la educación sea un ámbito tan descuidado en boca de los dirigentes políticos y los líderes empresariales. Especialmente cuando el asunto les concierne a ambos: a los primeros por representar vías directas a logros sociales urgentes, y a los segundos por albergar el potencial de establecer líneas homogéneas de crecimiento económico, que al final del día aumentarán el poder adquisitivo de sectores poblacionales más amplios y consolidarán flujos comerciales más prósperos. Las problemáticas en el ámbito educativo no son difíciles de identificar. Por un lado, las dificultades de acceso a espacios formativos de calidad, generalmente privados, han segmentado la población beneficiaria sin que existan políticas adecuadas para nivelar los espacios rezagados. Por otro, varios ámbitos de acceso público han sido secuestrados por verdaderas corporaciones ideológicas que han reemplazado la información académica por catecismos políticos, atando los procesos educativos a un verdadero oscurantismo doctrinal. Mientras todo eso ocurre, la esfera política parece más interesada en jugar con los atajos del mismo sistema, (procurando, por ejemplo, graduaciones en tiempo récord para sus allegados), que en buscar las mejoras en el ámbito educativo, a su alcance de actuar con la suficiente firmeza. Nuestra apática sociedad civil tampoco parece haber entendido su propia responsabilidad, habiéndose olvidado de monitorear las anomalías más escandalosas y de exigir las mejoras evidentes a los responsables. La revolución urgente no se relaciona con los recursos naturales, los esfuerzos redistributivos ni los laberintos institucionales, sino con la educación, la variable más efectiva en lo que concierne al desarrollo humano. Pero a pesar de todo, la educación sigue siendo la revolución olvidada.