Vale. Te explicaré por qué de una forma sencillita. Antes que nada, te dejo tres fotos para que tomes en cuenta durante la lectura.
El colapso del muro perimetral del Condominio Panamericana no es un accidente de la naturaleza ni una sorpresa inevitable por las lluvias.
Es, lisa y llanamente, el resultado de una grave negligencia humana y de una preocupante falta de respeto a las reglas más básicas de la construcción. Cuando un constructor decide excavar un foso gigante de más de diez metros de profundidad pegado a un edificio de ocho pisos sin poner ninguna protección previa, está jugando a la ruleta rusa con la vida de las personas. Esto queda evidenciado en el hecho de que originalmente el nivel del terreno aledaños era superior al del terreno terminado del Condominio Panamericana. El muro colapsado retenía el terreno vecino, y no al revés.
La tormenta de la semana pasada no inventó el peligro; solo vino a destapar la bomba de tiempo que la irresponsabilidad de un tercero ya había dejado sembrada en el terreno.
Para entender la gravedad del asunto, hay que hablar del suelo de San Salvador. La Escalón está asentada sobre capas gruesas de tierra blanca, un material de origen volcánico que tiene un comportamiento sumamente tramposo. Cuando está seca, esta tierra es firme y permite hacer cortes verticales que parecen estables a simple vista, lo que genera una falsa sensación de seguridad en constructores inexpertos o codiciosos. El problema es que la tierra blanca se comporta como el azúcar: en cuanto se llena de agua por las lluvias, pierde toda su fuerza en cuestión de segundos, se vuelve pesada y se desmorona en bloques. Al excavar el foso vecino y dejar la tierra al aire libre, le quitaron el soporte natural al edificio. Tomemos en cuenta que con respecto al nivel de sueño del Condominio la excavación se ha profundizado mucho más, dejando cimentaciones también son cuña.
El agua de las tormentas hizo el resto, empujando el muro del condominio hasta tumbarlo por completo y arrastrando el terreno hacia el abismo.
La respuesta del Gobierno al lanzar una capa delgada de concreto pobre sobre la tierra expuesta sirve para que el viento y las lloviznas de un día no sigan lavando el suelo, pero no es una solución real. Ese concreto no tiene la fuerza para sostener un edificio de ocho niveles. Dejar pasar el tiempo sin hacer nada más es una negligencia igual de grave que la excavación original. Si el terreno se sigue desmoronando hacia atrás, las bases de concreto que sostienen los apartamentos van a quedar flotando en el aire. Esto haría que una parte del edificio se hunda más que la otra, rompiendo las vigas y columnas de los pisos inferiores.
Además, El Salvador es un país sumamente sísmico. Un temblor moderado con la tierra en ese estado de debilidad provocaría un derrumbe inmediato, trayéndose abajo la estructura del condominio. Por eso, la evacuación obligatoria de las cuarenta familias fue una decisión drástica pero totalmente necesaria para evitar una tragedia mortal.
Por fortuna, el enorme espacio vacío que dejó la excavación del vecino permite meter maquinaria pesada de inmediato, lo que elimina cualquier excusa para retrasar las obras. La solución obligatoria y urgente no es poner remiendos, sino construir una barrera de verdad. Se deben perforar postes de concreto gigantescos y profundos justo enfrente de la tierra caída, combinados con cables de acero larguísimos que entren decenas de metros dentro del firme para amarrar el suelo inestable. Una vez asegurada la montaña, el constructor responsable del desastre tiene que levantar un muro de contención definitivo y rellenar con tierra compactada todo el vacío que dejó el derrumbe, devolviéndole el soporte a las bases del edificio.
porque el de la construccion aledaña va a tener culpa. Si el constructor del edificio no diseñó adecuadamente la cimentación o los muros de contención, o edificó sin considerar las condiciones geotécnicas del terreno vecino, la responsabilidad podría recaer sobre el desarrollado