El riff de saxofón más famoso de la historia de la música pop estuvo a punto de arruinar una canción porque su creador tenía un oído tan perfecto que rozaba la locura.
Londres, 1984. George Michael, con apenas 21 años, tiene una balada espectacular que compuso en su cabeza cuando iba en un autobús siendo adolescente.
Sabe que la canción es una obra maestra sobre la culpa, pero hay un problema: el riff de saxofón que tiene en su mente no suena igual en el mundo real.
Para grabarlo, el productor contrata a los mejores músicos de sesión de Inglaterra, pero ninguno logra dar la talla. Pasan uno, dos, tres, hasta nueve saxofonistas diferentes por el estudio.
Todos tocan las notas correctas, son profesionales impecables, pero George Michael los rechaza a todos. Se desespera. Dice que les falta "alma", que suena demasiado limpio o demasiado técnico.
Frustrado con el resultado en Londres, George decide viajar a los legendarios estudios Muscle Shoals en Alabama, Estados Unidos, gastando miles de dólares solo para buscar el sonido de saxofón perfecto.
El resultado allá tampoco lo convence y decide regresar a Inglaterra a empezar desde cero.
La salvación llegó en el décimo intento con un músico llamado Steve Gregory.
Exhausto tras tantas audiciones fallidas, George Michael le pide a Gregory un último esfuerzo: que toque la melodía elevando el tono un poco más arriba de lo normal y haciendo un técnica con la cinta de grabar, buscando un sonido desgarrador.
Cuando Gregory sopló el saxofón, el aire se congeló en el estudio.
Era exactamente el lamento que George Michael llevaba años buscando. Lanzada en el verano de 1984, "Careless Whisper" se convirtió en un éxito mundial instantáneo, demostrando que la diferencia entre una buena canción y un clásico inmortal a veces depende de la obsesión de un genio que se negó a conformarse.