El trotajornadas
El trotajornadas no cree en la ubicuidad; la practica.
Nadie recuerda cuándo empezó a aparecer. Los más antiguos del lugar dicen que apareció en las Antebellum de Almería hace unos 15 años. Otros mencionan crípticos nombres de eventos anteriores como JESYR, Días de JOC, GENCON, ENJUSIM y otros que ya parecen del cuaternario superior. Lo que bien se sabe es que un buen día apareció en las Bellota, en Badajoz en pleno enero, con un frío que pelaba. Dos meses después ya era visto en Sevilla en las Hispabellum, y antes de que la primavera aprendiera a pronunciar su nombre, ocupaba una mesa en las Bellum Omnium de Vélez-Málaga. Luego se multiplicaba entre las Paparajotes en Alhama de Murcia y la Madridwarcon; en junio era una certeza en las Nefcon de Alcalá de Henares, antes Vassal Forever; septiembre no podía celebrarse sin su sombra en las Pax Lúdica en Cádiz; y noviembre lo encontraba, como un veterano que regresa de una campaña interminable, en Batalladores, Zaragoza.
Los demás llevan la cuenta de las jornadas wargameras. Él las habita.
Siempre es de los primeros en llegar y de los últimos en marcharse. Cuando los organizadores aún arrastran cajas por los pasillos, él ya ha saludado a media convención. Cuando las luces se apagan y los últimos rezagados recogen fichas perdidas de suelos y moquetas imposibles, él todavía sigue allí, como si abandonar unas jornadas fuera una forma menor de muerte.
Nadie sabe de dónde saca el tiempo. Nadie sabe de dónde saca el dinero. Algunos sospechan que de una herencia secreta; otros, que de una profesión invisible; los más audaces creen que posee el raro don de detener los relojes. Lo cierto es que mientras los demás calculan permisos, vacaciones y presupuestos, él ya ha confirmado su asistencia.
Su presencia ha generado una nueva medida de distancia. Las jornadas no están lejos si el trotajornadas aparece en ellas. Si él ha ido, son accesibles. Si no ha ido, es que no existieron.
No se limita a las grandes convocatorias. Acude también a los torneos y encuentros que caben en una fotografía pequeña pero no en una definición pequeña. Allí está en MadASL y en el CAFE, el Campeonato Abierto de Friedrich de España organizados ambos por el Club Dragón de Madrid. Allí aparece en las quedadas que organiza David Gómez Relloso en su maravilloso Hotel Rural, la Nogala, en Dobro. Allí se sienta en las jornadas gastrolúdicas que celebran cada año Masama, el profe Bermejo y Silas Deemer, ya sea en Sevilla o en Espejo, Córdoba. Allí está siempre, como si hubiera jurado fidelidad a una geografía compuesta únicamente por tableros.
Poco a poco se lo va conociendo. No porque hable más que los demás, sino porque resulta imposible dejar de verlo. Surge en los pasillos, en las fotografías de grupo, en los sorteos, en las cenas, en las despedidas. Acaba adquiriendo la consistencia de los fenómenos naturales. Se espera de él lo mismo que de la lluvia o del amanecer: que ocurra.
Cuando uno lo observa durante suficiente tiempo comprende que su secreto no es el afán de victoria. Tampoco la acumulación de partidas ni el prestigio de ser conocido. Lo que realmente le apasiona es estar allí. Participar en cada encuentro. Formar parte de esos festivales de amistad que se levantan durante un fin de semana y desaparecer después, dejando tras de sí la promesa de volver a reunirse.
Los demás juegan a los wargames. El trotajornadas juega a las jornadas. Y es el único que parece haber entendido que, al final, la esencia del hobby son las personas.