En términos futbolísticos, España no completó un mal partido: asumió el protagonismo, dominó la posesión, neutralizó los intentos de progresión del rival y generó volumen de juego en campo contrario con ocasiones claras de gol. Sin embargo, el principal déficit de la Selección estuvo en la falta de confianza y la desconexión entre líneas.
El bloque interior se resintió notablemente; desde el minuto 10, Fabián y Gavi se mostraron desubicados, perdiendo el timón del centro del campo y la capacidad de detectar los espacios. Paradójicamente, en las fases de transición defensiva (cuando Cabo Verde lograba estirarse y generar cierta sensación de peligro) España se sentía más cómoda al recuperar y replegarse con espacios para correr.
El problema radicó en la fase de posesión estática. Ese juego de pases excesivamente horizontal y ralentizado permitió que Cabo Verde se replegara con comodidad, basculara a tiempo y cerrara todos los pasillos interiores, dejando a España sin líneas de pase clave para romper el bloque bajo.
En el plano estratégico, un solo gol habría desestabilizado por completo el planteamiento defensivo de Cabo Verde, una selección con recursos asociativos muy limitados que apenas lograba sostener la posesión más de dos minutos consecutivos. Con el marcador en contra, se habrían visto obligados a adelantar líneas, otorgando a España el espacio necesario para sentenciar el encuentro.