El hartazgo ante el preocupante aumento de los robos con violencia en las ciudades —y cada vez más en los pueblos— ha llevado a muchos a celebrar la inaceptable pérdida de papeles del señor Albiol. Sin embargo, el alcalde no puede dejarse llevar por las emociones como un vecino más. Su obligación en todo momento es la lealtad a los intereses generales de la ciudad, la salvaguarda de la paz social y la asunción de responsabilidades cuando, como en este caso, él y su administración no han sabido o podido estar a la altura.
Donde muchos ven una demostración de indignación lógica e incluso deseable, yo veo un ejercicio de cinismo absoluto y de ramplona demagogia populista que, a la postre, resulta más repudiable y peligrosa para los badaloneses que los propios asaltos.