En la década de 1950, Leicester era una ciudad construida sobre el carbón. Casi todos los hogares dependían del carbón para calentarse y cocinar, y era común ver a los carboneros cargando pesados sacos a los cobertizos o sótanos. Las industrias de la ciudad —textiles, calcetería, ingeniería y calzado— se alimentaban de fábricas de carbón, mientras que los ferrocarriles aún funcionaban con locomotoras de vapor que quemaban carbón día y noche. Las centrales eléctricas en las afueras de la ciudad convertían el carbón en electricidad, convirtiéndolo en la base de la vida laboral y familiar.