Desde que hizo triplete en la última final del Mundial es verdad que la carrera de Mbappé ha perdido espuma, compromiso, fuerza natural. Pero sigue siendo un escándalo de futbolista y este triunfazo 3-1 ante Senegal resume esta ambivalencia.
Los africanos (los senegaleses) merecieron irse ganando al descanso, era un partido flojísimo de Francia. Para el segundo tiempo Olise se puso a jugar por dentro y puso la creatividad. Dos balones impecables a Mbappé que falló y la estampida de críticas que se le venía al novio de Ester ya estaba escrita. Pero Mbappé tiene estas cosas, le fascina la tensión.
Se desmarcó, solo como él sabe y cuando se le da la gana, y Olise, obvio bobi, le puso la pelota del gol. Tranquilidad. Y sobre el cierre, al 90, de media distancia, metió un rocket divino para su doblete, que lo pone a dos goles de Klose y a tres de ser el máximo artillero en la historia de los Mundiales.
En un par de jugadas, Mbappé sacó del upside down la retórica de su partido al tiempo que Olise le ratificaba al mundo la clase de futbolista que es, no solo desbordando, sino creando.
Hoy Mbappé llega al hotel de Manhattan a poner Élite en Amazon, a pedir unas pizzas con Coca Cola y a textearle a su novia un poemita flojo de amor mientras le grita al mundo que adora su vida, que se ama, tal y como es. A Mbappé, vago y todo, no hay que entenderlo. Son los permisos de tener poderes dados desde el cielo.