Napoleón corroncho pasó de ser ateo a católico radical, de odiar el fútbol a ser hincha furibundo del Junior, de ser homosexual a defender la familia tradicional y quitarles derechos a la comunidad LGTBI, de defender el proceso de paz a ofrecer plomo en el monte. El tigre de Temu es el típico negociante de valores porque sencillamente no los tiene. Es un enano advenedizo acomplejado por su físico, su origen y tener que vivir encerrado en un clóset porque no es capaz de asumir que le gustan los hombres. El noviecito de Iguarán quiere la presidencia no para salvar al país sino para vengarse de todo aquel que lo haya criticado. Su narcisismo alterador de la realidad lo hace percibirse como un empresario exitoso generador de riqueza para no aceptar que es un tinterillo lavador de plata de narcos y protector de criminales y paramilitares. No es un outsider que va a enfrentar al poder de facto sino un arrodillado más que se le arrastra a los banqueros, la oligarquía y los hacendados. El sociópata que juró arrodillarse a la patria gringa convertirá a su país en el establo que Trump siempre soñó. No es Milei ni es Bukele: es Abelardo. Hijo de otro Abelardo que vivió de halagar a narcos como el Ñeñe Hernández y de ser el notario favorito de Álvaro Uribe Vélez. De la Espriella es otro títere más, uno con vocación de payaso y condición de enclosetado. Se puso culo para entrégaselo al Sionismo mientras sus seguidores gritan firme por la patria pensando que son soldados que están salvando a Colombia en una guerra que enfrentan desde los sofás de sus casas soñando que algún día van a disparar un arma. Votar por el frentón que corea vallenatos y tararea ópera es celebrar la consolidación del narcofascismo en un país lleno de lavaperros aspiracionistas. ¡Qué vergüenza!