Los protestantes afirman seguir la Biblia, pero en última instancia solo adoran a su propio ego...
Una de las mayores tragedias del cristianismo moderno es que a muchos creyentes se les ha enseñado a desconfiar precisamente de aquellos hombres que se sentaron a los pies de los Apóstoles, aprendieron de sus discípulos y preservaron la fe apostólica a través de siglos de persecución, controversia y guerra espiritual.
La Iglesia Católica siempre ha tomado como guía la sabiduría de la Iglesia y la de aquellos que transmitieron el depósito sagrado de la fe.
Los Padres no son una segunda Biblia. Son la voz viva de la Iglesia que explica lo que la Iglesia siempre ha creído.
Imagina que recibes una carta de tu abuelo. Ahora imagina a diez personas discutiendo sobre el significado de esa carta. ¿En quién confiarías para que te la explicara? ¿En un desconocido que vive 2.000 años después? ¿O en las personas que realmente conocieron a tu abuelo, vivieron en su casa, le oyeron hablar y comprendieron su forma de pensar?
Por eso son importantes los Padres.
Cuando San Ignacio de Antioquía escribe a principios del siglo II, no lo hace como un teólogo medieval. Él fue discípulo del apóstol Juan.
Cuando San Ireneo defiende la fe frente a los herejes, lo hace habiendo aprendido de San Policarpo, quien a su vez recibió las enseñanzas del apóstol Juan.
Los Padres están cerca de la fuente apostólica. Su testimonio es invaluable porque nos ayudan a comprender cómo los primeros cristianos interpretaban las Escrituras antes de que siglos de división e innovación entraran en escena.
Pero seamos claros.
El catolicismo no coloca a los Padres por encima de la Escritura.
No los situamos al mismo nivel que la Escritura, como si fueran fuentes de revelación equivalentes.
La Escritura es inspirada por Dios. La Escritura es la Palabra inspirada de Dios.
Los propios Padres se horrorizarían si alguien tratara sus escritos como iguales a la Sagrada Escritura.
Más bien, los Padres actúan como guías fieles. Nos ayudan a leer la Escritura con la mentalidad de la Iglesia. Ofrecen un testimonio unánime sobre lo que los cristianos siempre han creído, enseñado, adorado y vivido.
En un mundo donde cada persona puede convertirse en su propio teólogo, en su propio papa y en su propia autoridad suprema, los Padres nos recuerdan que el cristianismo nunca fue concebido para ser inventado por cada generación.
Fue transmitido. Recibido. Custodiado. Protegido. Vivido. Los Padres son importantes porque continuamente nos remiten a Cristo, a los Apóstoles y a la fe que fue transmitida una vez a los santos.
Si deseas saber qué creía la Iglesia primitiva sobre la Eucaristía, el bautismo, la salvación, el arrepentimiento, la guerra espiritual, la oración o la vida cristiana, no empieces por las opiniones modernas.
Escucha a aquellos hombres que aprendieron de los discípulos de los Apóstoles y que dieron su vida por preservar la fe.
Los Padres no sustituyen a las Escrituras; son, más bien, algunos de sus mayores testigos.
¡Y en una época de incesante confusión teológica, su voz puede ser más importante que nunca!