En su discurso del 31 de mayo, Abelardo de la Espriella cometió una gigantesca torpeza política. De haber mostrado grandeza y una actitud conciliadora, dispuesto a gobernar para todos los colombianos, habría obtenido el respaldo de miles de indecisos, centristas e independientes.
Prefirió, en cambio, vociferar como un lunático, disparando agresividad e intolerancia.
Después, es cierto, trató de corregirlo.
Pero no se engañen:
esa noche él mostró su verdadera esencia.
Y fue alarmante.