🤖Explico sobre IA y Tech sin humo. 🚀Fundé, crecí y vendí Digodat. Ex Google Top Contributor. NO VENDO CURSOS.👇 Más info 👇

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Desde hoy, los humanos somos minoría en internet. Cloudflare acaba de confirmar en su reporte que la mayoría de los que navegan son bots y agentes de inteligencia artificial. Si lo sumamos a que la mayoría del contenido nuevo que se publica ya lo escribe una IA, podemos afirmar que somos visitantes en un espacio que dejó de pertenecernos, donde cada vez se vuelve más difícil distinguir qué es real y qué no. Todavía quedan reductos, como Reddit, donde la gracia siempre fue la opinión de un usuario que probó algo y te decía la verdad. Pero como tampoco hay forma de verificar si atrás del teclado hay alguien de carne y hueso, parece que va a seguir la suerte de los otros sitios. ¿Qué va a pasar entonces en un mundo en el que nos acostumbramos a entrar a internet a buscar a dónde irnos de vacaciones, qué aspiradora conviene comprar, o si vale la pena ese jueguito nuevo? Cuantos más robots haya dando vueltas, más valiosa va a ser cada fuente que se pueda verificar como humana. La autenticidad vale más que nunca, porque la confianza solo se construye con otro como nosotros, con ese instinto que nos permitió organizarnos en sociedad y llegar hasta acá.
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En 2002, uno de los equipos más pobres del béisbol de Estados Unidos ganó veinte partidos al hilo y el porqué es ALUCINANTE El señor que armó ese equipo se llamaba Billy Beane, gerente de los Oakland Athletics, con el tercer presupuesto más bajo de toda la liga. No le daba la plata para pelearles a los Yankees por las estrellas, así que, sin mucho por perder, apostó a una idea que llevaba más de 25 años enterrada: la de un guardia nocturno de una fábrica de latas de porotos en Kansas. Se llamaba Bill James. No había jugado nunca ni tenía credenciales: era un fan con una calculadora que solamente había vendido setenta copias diciendo algo que cualquiera podía haber notado antes: el promedio de bateo, la métrica sagrada del béisbol, es horrible para predecir carreras, porque ignora al que se gana la base esperando. Una base es una base, no importa si la conseguís pegándole o aguantando. Si querés ganar, no mires solo quién batea lindo: mirá quién no sale out. Era obvio, era matemática de la primaria y el béisbol entero lo ignoró durante un cuarto de siglo porque los cazatalentos confiaban en el ojo y no en una planilla escrita por un don nadie. Beane fue el primero en jugarse un equipo entero a esa idea. Años después, los Red Sox se llevaron a James de asesor y la misma lógica les terminó haciendo ganar una Serie Mundial. Y acá está lo más loco: lo más difícil de ver no es lo complejo, es lo obvio. Dropbox se dio cuenta de que mandarte un mail a vos mismo para tener un archivo en otra compu era de locos; Netflix, de que ir hasta el videoclub y encima pagar multa por devolver tarde era una tortura que aguantábamos sin chistar; Canva entendió que nadie quería aprender a usar Photoshop solo para diseñar un flyer. Ninguna inventó la pólvora: solo miraron lo que estaba a la vista de todos. La próxima vez que algo te parezca demasiado obvio como para que nadie se haya dado cuenta, pensá que está lleno de gente que ni siquiera se gasta en usar la cabeza y piensa que "por algo será". Animarse a hablar en contra de todos cuando estás convencido de una idea es el mejor superpoder.
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Hey @nikitabier, since you’re now automatically translating tweets, it’d be great if you could also translate replies and retweets. My notifications tab is now full of stuff in languages I don’t speak. I’m guessing yours is like that as well?
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Los jugadores de un juego que tiene 2.500 años pegaron el salto más grande de la historia en apenas un año ¿Cómo es posible? El Go, de origen asiático, es uno de los juegos de mesa más complejos jamás imaginados. Se trata de ir poniendo fichitas negras y blancas para intentar encerrar las piezas del rival con las nuestras. Tiene más combinaciones posibles que átomos en el universo. Se juega desde antes de Jesucristo y, sin embargo, desde que se mide la competición profesional, casi no hubo avances teóricos. El juego parecía haber encontrado un techo y sus leyes, descubiertas. Hasta que, en 2016, una inteligencia artificial, AlphaGo, les ganó a los mejores jugadores del mundo con movimientos que parecían contradecir esa teoría clásica sobre estrategia que había sobrevivido milenios enteros. Cuando aparecieron versiones abiertas, que cualquiera podía descargar y estudiar, todos empezaron a mejorar. De golpe, empezaron a probar movidas que a ningún humano se le habían ocurrido jamás. La máquina les amplió la imaginación y abrió puertas que nadie creía siquiera que existieran. Pero hubo un problema: con los años, todos los jugadores se pusieron a consultar a la misma máquina, y, de a poco, empezaron a jugar igual entre ellos. El efecto quedó neutralizado y, nuevamente, la diferencia la pudieron realizar los que le agregaron su plus personal a las nuevas maneras. La tecnología nos da a todos el mismo pincel. El cuadro lo seguís pintando vos.
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En 2013, vino @santisiri a una charla muy de nicho y nos contó sobre el Bitcoin. Me abrí una cuenta y la inversión, para mí que siempre estuve en tecnología y estudiaba economía, me parecía muy riesgosa. Al final, no me animé a comprar. Lo que es seguro es que, por esos años, solo a un DEMENTE muy metido en tema se le ocurriría meter todos sus ahorros ahí. Ni siquiera había una manera fácil de hacerlo, solo sitios muy incipientes.
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El país que más invierte en inteligencia artificial del planeta acaba de sancionar una ley nacional para obligar a sus ciudades a abrir bibliotecas y volver a los libros de papel. China era el candidato perfecto para enterrar el papel: pone más de cien mil millones de dólares al año en inteligencia artificial y es de los que más la incluyen en los currículos educativos. Si algún país iba a declarar que el libro ya no hace falta, que para eso está la máquina, era este. Sin embargo, hizo exactamente lo contrario: en vez de mandar todo a la pantalla, está promoviendo el libro por ley. Desde el primero de febrero, rige una norma que obliga a cada gobierno local a poner dinero en bibliotecas, abrir espacios de lectura hasta en las zonas rurales y sostener una Semana Nacional de la Lectura. Desde ahora, es obligación del Estado. ¿Por qué un país que ya tiene la mejor tecnología se molesta en legislar la lectura? Porque separaron para qué sirve cada cosa. La inteligencia artificial te sirve para producir, competir, ir rápido: es la herramienta. El libro te entrena en lo que ninguna máquina te da: atención sostenida y criterio propio. Es la cabeza la que después decide qué hacer con esa herramienta. Como lo resume uno de sus investigadores: solo a través de la lectura se llega a un pensamiento profundo e independiente. El premier Li Qiang lo decretó dentro del mismo plan quinquenal donde está su apuesta de inteligencia artificial. Las dos cosas son estratégicas y van de la mano. Mientras tanto, Estados Unidos hace el camino inverso: batió su récord de libros sacados de las escuelas (casi veintitrés mil desde 2021) y sus chicos sacaron las peores notas de lectura en más de veinte años, con cuatro de cada diez de cuarto grado que no llegan ni al nivel básico. La inteligencia artificial la va a tener todo el mundo. La cabeza para saber qué hacer con ella, no. Usala para pensar CON vos y no POR vos.
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La ONU acaba de decir que la IA va a consumir, para 2030, agua equivalente a las necesidades básicas de 1.300 millones de personas, o sea TODA África subsahariana. Suena terrible... ¿O no? Hagamos las cuentas, porque acá hay un truco de encuadre que se cae con matemática de primaria. Primero, lo que la ONU midió. "Necesidades básicas" son los 20 litros diarios que la OMS define como supervivencia mínima: beber, cocinar, lavarte un poco. No es el agua que vos realmente consumís en un día. Si sumás lo que está embebido en tu comida, en tu ropa, en tu café, una persona promedio gasta entre 2.000 y 5.000 litros diarios. ¿Ves la diferencia? Eligieron el comparador más chico que existía, justo para que el total sonara gigante. Pero bueno, aceptemos su parámetro: 1.300 millones por 20 litros por día son 9.500 millones de metros cúbicos al año. El retiro mundial de agua dulce, ese mismo año, va a estar arriba de los 4 billones de metros cúbicos. O sea: toda la IA del planeta, en 2030, va a usar el 0,24% del agua del mundo. Una gota en el balde. ¿Querés algo más concreto? Un jean usa 7.500 litros de agua para fabricarse y con la propia cifra de la ONU eso te alcanza para casi 2 millones de consultas a ChatGPT. Si hacés 20 por día, el agua de UN jean te dura más de 250 años de IA. Medio kilo de carne, lo mismo. Tres hamburguesas, igual. El problema real no es el consumo agregado, por más que te lo quieran enmarcar como apocalipsis. Son los proyectos puntuales en zonas áridas (Cerrillos en Chile, Canelones en Uruguay, Querétaro en México) donde el data center compite mano a mano con el agua potable del barrio. Ahí está la pelea, no con tu ChatGPT. Cuando el titular grita, hacé la cuenta. Casi siempre te están vendiendo miedo.
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¿Ya podemos dejar de usar la cabeza y pedirle ideas a la IA? En Stanford, un jurado leyó a ciegas ideas de investigación sin saber cuáles eran de humanos y cuáles de modelos: le puso mejor nota a las de la máquina.  Entonces hicieron lo que casi nadie hace: las ejecutaron. 43 investigadores, más de cien horas de trabajo cada uno, transformando esas ideas en algo real. Al volver a evaluar, el ranking se dio vuelta: menos efectividad y menos impacto que las nuestras. Tiene un por qué bastante claro: para sonar original, alcanza con combinar cosas que nadie había pensado antes y en eso la tecnología es imbatible. Pero saber cuál de esas mezclas no se va a desarmar al primer empujón es otra cosa. Ese criterio humano es nuestro súperpoder. En un mundo en el que se pueden generar miles de ideas, saber identificar cuáles valen la pena es la habilidad más valiosa. Usá la IA para pensar CON vos y no POR vos.
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