El soldador millonario.
Elon Musk acaba de cruzar la frontera simbólica del trillón de dólares. Para unos, es la prueba de que el capitalismo está roto. Para otros, es la prueba de que el capitalismo funciona demasiado bien. Pero antes de indignarse, conviene entender qué significa realmente esa cifra.
Musk no tiene un trillón de dólares en el banco. No es Tio Rico nadando en monedas de oro. Ese “trillón” es el valor de sus acciones. Es decir, una estimación del mercado sobre lo que valen hoy sus participaciones en empresas como SpaceX y Tesla. Tampoco puede “sacarlo en efectivo”. Si Musk intentara vender de golpe sus acciones, no aparecería mágicamente un comprador con un trillón disponible. El precio caería, el mercado entraría en pánico y buena parte de esa riqueza se evaporaría.
Por otra parte, Musk no le quitó esa plata a nadie. Que Musk se haya hecho más rico no significa que alguien se hizo más pobre. Musk construyó compañías que antes no existían, abrió mercados que parecían imposibles y, en el camino, hizo ricas a miles de personas: ingenieros, soldadores, operarios y hasta empleados de cafetería que recibieron acciones. Ni el marxismo, ni el socialismo, ni el comunismo hicieron millonario a un soldador.
Luego aparece el grito populista: “tax the rich”. Supongamos que el Estado pudiera confiscarle todo a Musk, cosa que además destruiría el valor que pretende capturar. ¿Qué lograría? Estados Unidos tiene una deuda cercana a los 40 trillones de dólares y el gobierno federal gasta alrededor de 7 trillones al año. Un trillón alcanzaría para unas semanas de gasto, no para resolver el problema fiscal. El déficit no existe porque Musk tenga demasiado, sino porque el Estado gasta demasiado.
Pero lo más revolucionario de todo esto no es que Musk sea trillonario, sino que ahora cualquiera puede participar de esa riqueza. El mercado de valores es uno de los inventos más extraordinarios de la civilización. El viernes, el mismo día en que Musk se hizo trillonario, SpaceX dejó de ser un club cerrado de inversionistas acreditados y se abrió a cualquiera. Hoy, con 160 dólares, cualquiera puede comprar una acción y ser dueño de un pedacito de los cohetes y de Starlink.
Eso es lo verdaderamente extraordinario de esta historia. El capitalismo y el mercado de valores permiten crear una empresa gigantesca, hacer millonarios a trabajadores comunes en el camino y luego abrir la puerta para que cualquier persona pueda ser socia. Crear valor, repartir propiedad y democratizar la participación en una compañía extraordinaria. Eso no lo logró el marxismo, ni el socialismo, ni el comunismo.