Señor, estábamos embriagados de terribles esperanzas:
Y cuando estuvimos allí, ante los negros torreones,
agitando nuestros clarines y nuestras hojas de roble,
empuñando las lanzas, no tuvimos odio,
¡nos sentíamos tan fuertes que queríamos ser tiernos!
Rimbaud, «El herrero».