PERÚ: PAÍS DE MASOQUISTAS 🇵🇪
En los 80s, Perú era un país desahuciado. La hiperinflación y el terrorismo nos tenían en el subsuelo. Estábamos recorriendo el mismo camino que Cuba y Venezuela. Lo normal es que nunca hubiéramos salido de esa pobredumbre.
Entonces en los 90s ocurrió una anomalía histórica: se emprendieron reformas liberalizadoras que rompieron con la dirección que llevaba el país. La moneda se estabilizó y la economía despegó. Se crearon las condiciones para que millones de peruanos dejaran atrás la miseria.
Lo increíble es que, después de haber visto los resultados de ese cambio, una parte importante del país sigue sintiendo fascinación por las mismas ideas que nos llevaron a la ruina. Es como una enfermedad que se niega a desaparecer, como un cáncer que no quiere dejarse extirpar. Cambian los nombres, cambian los partidos, cambian los discursos, pero siempre reaparece la vieja promesa de que la Izquierda funciona, cuando fue precisamente la Izquierda la que nos hundió.
A pesar de eso, el Perú ha seguido avanzando. No gracias a los políticos de Izquierda, sino a pesar de ellos. Durante décadas, los pilares fundamentales de la libertad económica lograron mantenerse en pie. La propiedad privada, la libertad contractual, la inversión y una relativa seguridad jurídica permitieron que el país continuara creciendo incluso mientras todos los partidos políticos hacían todo lo posible por sabotear la confianza y la estabilidad.
Lo paradójico es que muchas personas disfrutan de los beneficios de una economía relativamente libre mientras atacan precisamente aquello que los hizo posibles. Trabajan en empresas privadas, consumen bienes producidos por mercados competitivos y aprovechan oportunidades creadas por la inversión, pero siguen votando por la Izquierda que nos llevó al apocalipsis en los 80s.
Parece que la gente de este país tuviera una extraña incapacidad para aprender de su propia historia. Cada generación recibe una nueva oportunidad para consolidar la prosperidad, y cada generación produce también una masa de gente dispuesta a dinamitar los cimientos sobre los que descansa esa prosperidad. Como si el éxito produjera culpa y el fracaso produjera nostalgia.
Hay países que recuerdan sus errores para no repetirlos. Aquí, en cambio, pareciera que algunos los recuerdan con cariño. Cada vez que aparecen discursos que prometen soluciones mágicas desde la Izquierda, miles de personas vuelven a escucharlos con entusiasmo, como si la experiencia del siglo pasado nunca hubiera pasado.
Y ahora, una vez más, el país se enfrenta a otra decisión deprimente. Nuevamente una parte de la población parece asomarse al borde del abismo con un sadismo inquietante. Son como ese masoquista que no puede resistirse al dolor, parecen atraídos por aquello que amenaza con devolverlos al dolor del pasado. A veces da la impresión de que no solo han olvidado el hambre y la miseria, sino que incluso los extrañan.