En esta universidad española pagada con los impuestos de todos y dirigida por progres, no puedo calificar los trabajos con una puntuación numérica, y tengo únicamente dos opciones, ‘superado’ o ‘no superado’.
Todo porque los pobrecitos alumnos de la generación de cristal no lloren, o no vaya a ser que vean un 5 y caigan en depresión o sufran un trauma irreparable.
Mientras tanto, los que se trasnochan y esfuerzan estudiando, los que entregan un trabajo de calidad y de alta excelencia académica, quedan al mismo nivel que los mediocres que apenas han movido un dedo.
Pero claro, eso es lo de menos, porque lo importante es que nadie se sienta inferior, ni siquiera los que no se han esforzado. Al final, la excelencia y el mérito son conceptos muy ‘fascistas’, ¿verdad?
Mejor repartir aprobados emocionales y que cada uno se lleve su medallita de participación. Así, cuando salgan al mundo real y se den de bruces con la cruda realidad de la vida veremos quién les cura el trauma de verdad.
Ya he pedido la baja como profe aquí. Todo tiene un límite y no voy a colaborar en este absurdo que va a llevar a esta generación al fracaso total en sus vidas.