Cuando terminó Disclosure Day me quedé en silencio hasta el final los créditos, secándome las lágrimas y procesando lo que recién había visto mientras escuchaba la música de John Williams. Agradeciendo por ser contemporánea a Steven Spielberg, por haber crecido con sus películas y por poder revivir ese sentimiento ahora.
Verla en IMAX fue una experiencia tan inmersiva que me costó volver a conectar con la realidad, aunque siento que con Spielberg vemos la vida una manera muy parecida. Un poco naif quizás, con demasiadas ganas de creer que podemos ser mejores a pesar de que la evidencia nos demuestre fuertemente lo contrario.
Recién al día siguiente empecé a pensar en los aspectos de la película que no me resultaron tan fuertes, pero no me atrevería a criticar nada de lo que hace este señor. Es lo más cercano a una religión que tengo por todo lo que me hace sentir y ver su última película fue como ir a misa. Cuando termina, podemos ir en paz.
Renovados por lo que acabamos de vivir, bendecidos por su visión del mundo, confiados en que podremos volver a ese lugar seguro cada vez que nos falle la fe o las fuerzas. Porque el cine que conocimos hace 30 años cuando estábamos creciendo sigue siendo el cine que nos regala hoy, cuando tanta falta nos hace.
Ayer vi una película tan mala pero tan mala en netflix que hoy la vida me compensó con la premiere de la nueva de Spielberg que es CINE en su estado más puro y mañana la nueva de Toy Story. Gracias a los dioses del séptimo arte por salvarme la semana.