Como criminólogo, una breve explicación sobre las vacunas o extorsiones.
En Ecuador las vacunas no nacieron en la calle. Las vivimos primero en las instituciones públicas. ¿Desde cuándo? Desde que somos república.
Durante décadas y hasta la actualidad, funcionarios corruptos exigen dinero para sacar una cédula, agilitar un trámite, obtener un permiso, pagar dentro del sistema de justicia para que un inocente no termine preso o incluso pagar en un hospital para que un enfermo no muera.
Así de brutal.
Después apareció la vacuna de los GDO: más violenta, más visible y mucho más cruel, pero basada en la misma lógica: pagar para evitar un daño.
Por eso el problema no es únicamente de seguridad. También es un problema cultural, ético, moral e institucional.
El delincuente termina preguntándose: si quienes deberían perseguirnos también extorsionan, ¿por qué yo no puedo hacerlo?
Y el ciudadano se pregunta, desconcertado: si los deshonestos están dentro del Estado que dice protegernos, ¿cómo esperamos que los criminales le tengan respeto?
La pregunta seria es esta:
¿De verdad creemos que esto se arregla únicamente con más leyes, más policías y más cárceles?
¿O también tendremos que corregir los vacíos éticos, morales, culturales e institucionales que durante décadas hemos tolerado?
Porque mientras este círculo vicioso siga vigente, el ciudadano seguirá vacunado por el pillo desconocido y por el pillo con cargo público.