Empiezo a creer que existe una conspiración internacional contra el español.
Por un lado está el sistema de dictado del iPhone, capaz de convertir cualquier frase razonable en una confesión involuntaria de delitos. Uno dicta “Constitución” y aparece “con sustitución”. Uno dice “México” y el teléfono entiende algo que sólo un lingüista forense podría descifrar.
Luego está el teclado latino. En un teléfono configurado para español de México, las vocales acentuadas aparecen después de media colección de caracteres franceses. Para llegar a la á hay que cruzar una aduana cultural: à, â, ä, æ… y sólo entonces aparece la letra que realmente usamos.
Y ahora resulta que la FIFA restringe las preguntas en español durante ciertas ruedas de prensa del Mundial.
Demasiadas coincidencias.
No digo que exista una agenda global contra el idioma de Cervantes. Sólo digo que, entre Cupertino y Zúrich, cada vez parece más difícil escribir una simple oración en español sin pedir permiso a Francia primero.
A este paso, la única institución que sigue defendiendo el español es la Real Academia Española, y eso ya debería preocuparnos.
Lo siguiente será exigir subtítulos en inglés para pedir tacos en Guadalajara.