Una final de Libertadores entre River y Boca es algo que nunca debería haber pasado. Y para colmo, jugada en la Casa Blanca del fútbol mundial, ante los ojos del mundo.
Fue demasiado atroz, demasiado inmenso. Insoportable de asimilar para nadie. Demasiado decisivo. Innecesariamente decisivo.
Partió en dos la historia del fútbol argentino, arruinó en parte un emblema cultural de alto valor como es River/Boca, Boca/River, abrió un abismo de enormidad entre el ganador y el perdedor, disolvió toda discusión posible.
El superclásico hace 8 años que es un partido más. Supo ser la síntesis del sano folclore argentino y una final así fue la síntesis de esa síntesis.
Ya no existe más, y es como un as ganador de aquí a la eternidad para cualquier intercambio futbolero entre ambos equipos.
A Boca lo convirtió en un club meme, como se puede ver año tras año en los lamentables espectáculos bufonescos que brindan sus jugadores y sus hinchas en su estadio desde aquel 9 de diciembre.
Y a River lo convirtió en un rey dormido en los laureles, sin hambre ni ambición, ni objetivos. Vemos a una hinchada imponente que logra récords mundiales de convocatoria para autofestejar el ser de River, y lo que pasa dentro de la cancha parece que da igual.
Aunque no tendría que haber existido, suerte que ganamos aquel evento atroz y abismal.
De lo contrario nos habríamos convertido en los seres del inframundo que pueden venir a objetar este escrito.