Hay lugares de los que uno se va; a México, se vuelve. Ahí está la paradoja: quienes vienen a advertirnos de lo peligroso que es no se cansan de regresar —a conferenciar, a aplaudirse y a disfrutar de la belleza de nuestra tierra.
La soberanía de México es una continuidad de siglos: más de sesenta lenguas vivas la sostienen, y su raíz es más antigua que cualquier conquista. La libertad que tanto invocan, además, no le pertenece a ninguna corriente: es universal. Es también elegir sobre el propio cuerpo y amar a quien se quiera.
Por eso la soberanía de México no está a debate: descansa sobre una identidad que ni cinco siglos lograron borrar. Sigue, sencillamente, en pie. La puerta queda abierta —como siempre—, entre pueblos hermanos y entre iguales.