Escribió un evangelio que cada uno interpreta en soledad, mitigando angustias, y que, mágicamente, confluye en una alegría vital y colectiva.
Con una potencia arrolladora trascendió el rocanrol del país y creó un mundo único donde caben la sorpresa intelectual y la emoción, la poesía críptica y el pogo. La maldición del día hermoso. La bailarina en la caja musical. La piel que no nos deja huir. Y cientos de esos dolores dulces que nos dejó su lírica.
Pero también estuvo acá. Fue oktubre cuando oktubre agonizaba, fue la mosca en la sopa lujosa y vulgar de los noventa, fue el que sorprendió enamorándose de las máquinas y finalmente -pido disculpas a los piolas- se convirtió en una bandera contra el neoliberalismo.
Estamos muy tristes, Indio. Sabés que nuestro ángel guardián es de todos el más tonto que hay.
Gracias por tu arte.