Hola, amigos!
Nosotros, en lo nuestro: "Los cuentos de Tiatucura", que crecen día a día. Más aún, cuando reciben el impulso de dos hermosos relatos de Adolfo "Fito" Sayago, de los cuales les enviamos uno, ilustrado con sus propias fotos. Una de ellas, con nuestro querido "Guapo Larrañaga. Dedíquenle 10'.
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"La travesía del navegante"
Un símbolo de libertad
Después de haber pintado un mural junto a Micaela en el proyecto ChafaloteArte, en el pueblo 19 de Abril, en el año 2022, conocí al intendente de Rocha, Alejo Umpiérrez, una persona práctica y bien frontal. Nos presentó Álvaro Garófali, a quien ya conocíamos de La Pedrera, un lugar que disfruto mucho por sus paisajes y la calidad de su gente.
Comenzamos a hablar de mi nuevo proyecto escultórico y quedó muy entusiasmado; me di cuenta de que algo ya estaba pensando. Se hicieron varias muestras en centros culturales del país promocionando ChafaloteArte. Cuando llegó la muestra a Punta del Este pedí la autorización para poder mostrar una de mis nuevas esculturas en acero corten y acero inoxidable. Llevé la base y la escultura a la sala donde se iba a hacer la exposición, en la alcaldía, a pocas cuadras de mi taller.
La había colocado junto a una columna. Creo que la muestra fue en el mes de octubre. La sala de exposiciones estaba desbordada de gente. Nos habíamos quedado en el patio exterior observando, a través de los ventanales, algunas de las obras de los expositores que se podían ver por encima de las cabezas de los espectadores. La escultura pasaba desapercibida entre tanta gente y también por la ubicación que le había dado.
Mientras observábamos los detalles de la nueva alcaldía, en la vieja estación de Ancap de la avenida Gorlero, que hacía poco se había inaugurado, me crucé con el intendente Umpiérrez. Después de los saludos protocolares, le pregunté si había visto la escultura en la muestra, porque yo tenía la intuición de que podía venir un gran proyecto si la veía. Comenzó a mirar para todos lados intentando encontrarla. Le di las coordenadas y rápidamente se dirigió a verla.
La espera se me hizo interminable. Lo había perdido entre la gente, pero a los pocos minutos se me apareció por detrás y me dijo: “La quiero así como está”. Noté el entusiasmo que tenía; se le veía en la cara. Su sonrisa solo fue opacada por la mía cuando me dijo: “Hablá con Alvarito, que ya tengo el lugar”.
A partir de ese instante no paré de imaginar dónde se le había ocurrido instalar la vela. Al día siguiente, la llamada a Alvarito no se hizo esperar. La ansiedad me llevó a querer ir a ver ese lugar que tenía elegido, y ese mismo día ya estábamos poniendo proa hacia Rocha. Nos encontramos en la Ancap y, a media mañana, partimos.
Para mi asombro, el lugar era Punta del Diablo. ¡Cuántas veces pinté sus playas con sus barcas naranjas de los pescadores! Esas marinas pasearon por todo el mundo y llegaron hasta Japón. La última vez que había pintado en vivo fue en la casa del querido "Guapo" Larrañaga: una vista inmejorable de la playa de la Viuda, con todo lo que necesitaba una marina. Olas que bañaban las arenas blancas, un peñón de rocas con un faro avisando a los navegantes del peligro, y coronado por el verde de los tamarices que nos protegían del viento. Estuvimos con mi amigo Quique Souza dos días pintando en ese paraíso. El anfitrión nos asaba exquisitas carnes. Ni idea tenía yo de lo que se iba a presentar pocos años después, lamentablemente.
Cuando llegamos a la playa El Rivero y volví a ese maravilloso lugar, no cabía la menor duda de que la escultura no iba a pasar inadvertida, y que el entorno, con el fondo del mar, era inmejorable. Bajé la maqueta, la coloqué al costado de la bajada a la playa y, con mi precario teléfono, le saqué algunas fotos utilizando los trucos que realizamos los escultores para que pareciera que ya estaba emplazada allí. Cuando les mostré el resultado, inmediatamente la aprobación fue unánime. Y con la tecnología, a los pocos minutos, todos los interesados ya tenían las imágenes.
Ahora venía lo mejor: empezar a trabajar en ese velero que iba a ser el más grande de mi corta carrera como escultor en espacios públicos. Intentamos hacerlo en Rocha, pero nos fue imposible. Todos estaban preparando la temporada y los presupuestos se iban por las nubes. Estas esculturas, que dono a la comunidad —donde solo cobro los materiales—, son una forma de agradecer todo lo que recibí de ellos.
Sin dudarlo, decidí hacerla en el galpón de la chacra. En pocos días ya estaban todos los materiales y nos pusimos manos a la obra junto con mis colaboradores Marcelo y Alberto. Comenzamos cortando la vela mayor, después la anclamos al piso, soldamos varias varillas que simulaban el viento, agregamos el mástil y ya estábamos en más de seis metros de altura. En pocos días soldamos la botavara y comenzamos a construir la proa. Ya estábamos en los nueve metros de largo.
Las soldaduras eran más complicadas, ya que el salitre nos obligaba a hacerlas con acero inoxidable. Teníamos que anclar muy bien ese velero, ya que los vientos de ese lugar son muy fuertes y constantes. Comenzamos a simular lingas de acero con caños que, a ambos lados de la escultura, salían de la vela mayor y anclaban en la base. El ancho de la escultura ya alcanzaba los tres metros. Entre el mástil y la proa pusimos un foque inflado por el viento, que dio por finalizada la escultura.
Estábamos muy conformes con el resultado, pero nuevas aventuras estaban por venir. Teníamos que desarmarla para trasladarla 300 km entre Santa Rosa y Punta del Diablo. Lo más complicado era entrarla a su lugar definitivo por las calles angostas, llenas de coches y turistas, que en pleno enero y con un camión de doble eje parecía imposible.
Preferí no verlo. Cuando llegué al otro día bien temprano, el camión ya estaba en el lugar, casi tocando la arena, a unos 20 metros de la base. Comenzamos con la vela mayor, que pesaba unos 200 kg. Entre el chofer, su acompañante y nosotros tres la llevamos sin problemas y la anclamos a la base. Pero venía lo más difícil: trasladar la proa, que pesaba más del doble.
Entre los lugareños y algunos bañistas que, al ver que nos era imposible moverla, se acercaron a darnos una mano, pudimos —con mucho esfuerzo y sorteando la arena que nos frenaba— llegar milagrosamente a la base. Allí comenzamos a ensamblar nuevamente las piezas del velero.
Cuando llegamos al foque, esa vela que va desde el mástil hasta la punta de la proa, comenzó la virazón: un viento que se levanta antes del mediodía en la costa este. Cada vez se hacía más intenso y un pescador del lugar, conocedor de cómo soplaba, se acercó muy amablemente y nos arrimó algunos cabos para poder amarrar la vela y soldarla.
Luego de un día entero de trabajo dimos por finalizada la escultura. Allí se la veía navegando en la playa El Rivero, con sus velas infladas, y a medida que el sol se ocultaba, con las luces que la iluminaban, cada vez tomaba más importancia. Nos fuimos a cenar y, ya entrada la noche, vi algo que no habíamos programado: detrás del velero estaba naciendo una luna casi llena, de color naranja, que se reflejaba en el mar. La naturaleza se encargó de terminar una escenografía perfecta para la ocasión.
Con el capitán de navío Walter Di Carlo, siempre dispuesto sin importar el día ni la hora para asesorarme en temas marinos, como siempre, comenzamos a pensar el título de la obra. Luego de varios días decidimos que se iba a llamar “La travesía del navegante: un símbolo de libertad”. Es un homenaje a los pescadores del lugar y a quienes navegan por esas aguas saladas, sintiendo una sensación que nadie más experimenta.
Al otro día, 2 de febrero de 2024, se inauguraba por fin mi obra escultórica, la más grande que jamás haya hecho. Justo caía el día de la Virgen de la Candelaria, un faro espiritual para todos los que vivimos en Punta del Este y que visito casi a diario luego de mis caminatas por la costa. Bien temprano, antes de que saliera el sol, fui a ver si faltaba algún detalle por corregir y si la noche había dejado todo en su lugar. Allí me encontré con otro espectáculo maravilloso, casi mágico: el sol comenzaba a salir detrás de la escultura, su brillo la hacía ver aún más impresionante y los rayos jugaban entre las velas, proyectando sombras que la volvían deslumbrante.
Llegó la hora. Las autoridades, la prensa y los lugareños fueron llegando. También llegó el capitán con el prefecto y demás autoridades de la Armada, con sus uniformes de gala, para darle la importancia que debía tener toda botadura de una embarcación. Entre las palabras del intendente y las mías coincidimos en que esa escultura, a partir de ese momento, sería un lugar muy especial para Punta del Diablo, donde tanto los visitantes como los lugareños la sentirían como un espacio de libertad.
Cuando terminaba la ceremonia, un grupo de vecinos, con mucho respeto, comenzó a manifestar y a hacerle llegar algunas diferencias que tenían con el intendente por cuestiones tributarias, como siempre. Alejo se acercó a ellos, como es su característica, y cada uno expresó su opinión con total libertad. Luego de varios minutos de un fructífero intercambio, la manifestación se disipó con mucha tranquilidad. Creo que ambos tenían razón. En ese mismo instante me di cuenta de que este símbolo de libertad comenzaba a dar sus frutos.
Me fui caminando y mirando de reojo a ese velero que empezaba a navegar. Me sentía en paz y con la tranquilidad de haber cumplido.
Adolfo Sayago
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