Hoy, en
@Reforma,
@magalonik publica una columna que debería leerse con calma: “México en dos pantallas”. La imagen es dura porque es cierta. Mientras el país presume al mundo la fiesta del Mundial, la comida, la alegría, la hospitalidad, el orgullo nacional, en la otra pantalla aparece el México que no cabe en los spots: la CNTE en plantón, transportistas bloqueando carreteras, campesinos tomando casetas y madres buscadoras caminando con fotografías de sus hijos.
Ese contraste no es una anécdota incómoda: es el retrato de un Estado que dejó de procesar el dolor por vías institucionales. Cuando una madre tiene que marchar para que busquen a su hijo, cuando un campesino bloquea porque nadie lo escucha, cuando un transportista paraliza una carretera porque circular se volvió una apuesta contra la muerte, el problema ya no es “la protesta”. El problema es que para demasiados mexicanos la calle se volvió la última oficina pública que todavía contesta.
El Mundial pasará. Las cámaras se irán. Pero la pantalla dividida seguirá ahí, frente a nosotros. México no necesita más discursos que separen entre buenos y malos, pueblo y enemigos, leales y traidores. Necesita algo mucho más difícil: reconstruir confianza, instituciones y una historia común. Porque ningún país puede prosperar cuando su gente descubre que sólo existe para el poder cuando bloquea, grita o estorba.