Y donde estudian ?
Un abogado no se hace con un título colgado en la pared. Se hace cuando entiende que detrás de cada expediente hay una vida en riesgo: una familia, una libertad, un patrimonio, una reputación. La abogacía empieza cuando dejamos de jugar al trámite y asumimos la responsabilidad brutal de defender a otro ser humano.
El buen abogado no improvisa, no repite ciegamente lo que le dice el cliente, no litiga “a ver qué pasa”. Investiga, pregunta, incomoda, prueba, ordena, escucha y piensa. Porque un documento puede mentir, una versión puede caerse y una palabra mal dicha puede costar una injusticia.
Ser abogado no es hablar bonito ni citar leyes de memoria. Es saber cuándo hablar, cuándo callar, cuándo negociar, cuándo pelear y cuándo decirle al cliente la verdad aunque duela.