Siempre recuerdo al chango que tenía el almacén en la esquina de casa y lo detuvieron durante la cuareterna por cerrar fuera de hora (habían cambiado ese día el límite de las 11 por las 9), lo hicieron pasar la noche en medio del frío en un playón de la cana, amontonado con otros (mirá si les iba a importar la salud en nombre de la cual lo detenían), y le abrieron una causa. “En mi vida tuve una causa”, contaba. Terminó vendiendo el almacén. Mientras tanto, el batallón de mantenidos que se dedicaba a darle F5 al homebanking para ver si ya les habían depositado —mientras hacían masamadre y talleres de crochet de la abundancia por zoom— twiteaban “quedate en casa”y acusaban a los que salían a pasear al perro de asesinos. Y a todo esto, Churchirlo jugaba a Don Gato y su pandilla en Olivos. ¿Soltar? Pues no mi ciela. Que suelte magoya.