📘 La huida: La Barcelona de Orwell (1936-1937) (Ojo de buey, 2024)
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Un mes después, Marceau Pivert, también desde México, enviaba una carta a Roger Nash Baldwin, responsable del relanzamiento de la «Liga Internacional de Derechos Humanos», con la intención de recabar apoyos en la batalla mediática que estaban disputando contra el aparato estalinista:
11 de febrero de 1942,
Manchester 8, México, D.F.
Me entero con agrado de su iniciativa en pro de la restauración de la Liga Internacional de Derechos Humanos, y lo felicito de corazón por ello. Si pudiera serle de alguna ayuda para dar a conocer y desarrollar su esfuerzo, lo haría con el mayor entusiasmo. Hay muchos hombres en el mundo que aspiran a recuperar o alcanzar un mínimo de derechos cívicos.
En este preciso momento estamos siendo objeto de campañas de calumnias mucho más virulentas que las de los monárquicos que derrotaron a Jean Jaures, más absurdas que las campañas de 1917 contra Joseph Caillaux... algo que, en la Francia del caso Dreyfus, no habría dejado indiferente a ningún ciudadano digno de ese nombre. «Nosotros», es decir, un escritor alemán, Gustav Regler, acusado por los estalinistas de ser un agente nazi; un conocido escritor francés de origen ruso, Victor Serge, acusado de ser un agente nazi; un escritor español de renombre, colaborador del Monde de Barbusse; Julián Gorkin, que escapó milagrosamente de un intento de asesinato por parte de la GPU en Barcelona, también acusado de ser un agente nazi; y, por último, su servidor, a quien usted conoce un poco, creo, y que es presentado por la prensa estalinista como un lugarteniente de Doriot... y un enviado de Vichy. Este asunto nos muestra a los verdaderos defensores de los Derechos del Hombre y nos permite desenmascarar sin piedad a los admiradores abiertos o secretos de los métodos totalitarios. Me alegra ver que en América, como en Inglaterra (donde mi amigo Maxton es presentado por los estalinistas como jefe de la quinta columna), hay espíritus libres, con carácter independiente, capaces de conmoverse no sólo ante la injusticia que pretende abrumar a cuatro pobres refugiados antifascistas aislados, sino también ante la constatación del grave daño que semejantes campañas hacen a la causa de la democracia. El último número de The Nation me ha dado el más cálido consuelo en este sentido, y quisiera que mis compatriotas y amigos se apresuraran a ayudar a los acusados sin defensa.