Ayer pasó algo extraño. Un presidente habló desde el corazón de la Casa de Nariño, pero no con los periodistas de siempre, sino con Westcol, un tipo al que muchos, confesémoslo, tuvimos que preguntarle a nuestros hijos quién era. (Yo lo tuve que hacer🫣).
Y en ese gesto pequeño, de preguntar hacia abajo, ocurrió algo más grande: dos mundos que caminan paralelos desde hace años se rozaron. El de los adultos que crecimos con el noticiero de las 7 y el de los jóvenes que habitan plataformas que para nosotros son territorio inexplorado.
Pero lo verdaderamente hermoso no fue eso. Fue ver después, en las redes, la evidencia: miles de jóvenes conectados, comentando, preguntando, interactuando con un presidente. No con la imagen de un presidente, no con el discurso de siempre, sino con él, en sus códigos, en su lenguaje, a través de Westcol. Por primera vez, muchos de ellos miraban política sin que nadie les tocara la puerta.
Mientras tanto, los de siempre despotrican. Dicen que la Casa de Nariño no es para eso. Como si la institucionalidad fuera el mobiliario y no lo que allí se dice. Como si la política debiera permanecer encerrada en los formatos que ellos controlan, con los códigos que ellos entienden, lejos de las grietas por donde se cuela la vida real.
Pero lo que ayer se rompió no fue un protocolo. Fue una costumbre. Y cuando una costumbre se quiebra, lo que entra por la grieta es aire nuevo. O por lo menos, la posibilidad de que los jóvenes dejen de ver la política como una novela en otro idioma.
No sé si esto cambiará algo. Pero vi a miles de jóvenes escuchando, preguntando, interesados. Y eso, en un país donde la política suele heredarse con indiferencia, ya es un pequeño terremoto.
Porque la política, cuando realmente quiere llegar, no espera que los jóvenes suban al escenario. Baja a buscarlos donde están.
@petrogustavo
@WestCOL