La historia de Colombia puede leerse, en buena medida, como la historia de una dificultad persistente para convertir un territorio en una comunidad política. Desde el siglo XIX, los proyectos republicanos se enfrentaron a las enormes distancias geográficas, la precariedad de las vías de comunicación y la desigual distribución de la infraestructura, que produjo una nación formalmente unificada, pero profundamente fragmentada en sus condiciones de participación.
La república prometió igualdad política. Sin embargo, esa igualdad siempre convivió con profundas asimetrías territoriales. Mientras algunas regiones concentraron instituciones, inversión pública, conectividad y capacidad administrativa, otras quedaron relegadas a una relación distante con el Estado y que tiene como efecto una diferencia en las posibilidades concretas de intervenir en los asuntos comunes.
Por eso el centralismo colombiano no debe entenderse únicamente como una forma de organización administrativa sino también una experiencia material. Se expresa en las horas necesarias para llegar a un hospital, en la dificultad para acceder a la educación superior, en la precariedad de las vías y, también, en el costo de ejercer derechos políticos que en el papel aparecen garantizados para todos por igual.
La participación democrática suele representarse como un acto abstracto. Imaginamos ciudadanxs depositando una papeleta en una urna. Sin embargo, antes de ese momento existe una cadena de condiciones materiales que hacen posible el ejercicio del derecho político. Los votos viajan por carreteras, atraviesan ríos, recorren montañas y dependen de infraestructuras que distribuyen de manera desigual las posibilidades de participación.
En ese sentido, la distancia entre el centro y la periferia no es solo una distancia geográfica sino también política. Donde participar implica horas de desplazamiento, gastos significativos o complejas condiciones logísticas, el ejercicio efectivo de la ciudadanía encuentra obstáculos que rara vez aparecen en las preocupaciones institucionales sobre la democracia.
VACAS SOLIDARIAS PARA GARANTIZAR LA PARTICIPACIÓN POLÍTICA DE MILES
Dos días antes de la primera vuelta decidimos hacer una vaca solidaria para financiar el desplazamiento de personas que estaban pidiendo apoyo en este ejercicio.
En esos dos días recogimos $32.211.000 con los que 4.108 personas que no iban a poder salir a votar, se desplazaron hasta sus puestos de votación y ejercieron su derecho como ciudadanía.
$32.211.000 fueron recolectados en 48 horas.
4.108 personas se movilizaron.
Los recursos se destinaron a Nuquí, Valledupar, Bosa, Fundación, Iscuandé, Angostura, Valdivia, Montelíbano, Puerto Nare, Zona Bananera, Nueva Lucía, Campamento, Medellín, La Guajira, Bahía Solano, Abejorral, Cimitarra, Roldanillo, Zungo Embarcadero, San José de Apartadó, Turbo y San Basilio de Palenque.
Por supuesto, ninguna colecta resolverá por sí sola los problemas estructurales del centralismo colombiano. No sustituirá las inversiones pendientes, ni corregirá décadas de desigualdad territorial, pero se trata de algo profundo, de una forma de articulación material entre territorios históricamente separados por las desigualdades de la infraestructura y la inversión pública.
Quienes aportan desde las ciudades o desde el exterior no están hablando en nombre de las periferias ni sustituyendo su voz. Están contribuyendo a que esa voz pueda llegar por sus propios medios a los espacios donde se decide el rumbo común. La dirección del movimiento es importante. No es llevar una decisión desde el centro hacia los márgenes. Se trata de remover una barrera para que los márgenes participen en igualdad de condiciones en la construcción de las decisiones colectivas y lleguen al centro.
Al tener un escenario de segunda vuelta, decidimos hacer una segunda vaca, ahora con más tiempo. (Sigue)