Arrancarnos Mestalla es perforar una parte del sentimiento que nos acompaña desde niños. Es destruir lo que nos hizo felices durante tantos años. Las Ligas, las noches de Champions para la eternidad, partidos de Copa históricos, celebraciones dentro y fuera…
Nadie está preparado para el cambio. Nadie. Ni siquiera los que defienden a ultranza migrar al Nou Mestalla por el crecimiento económico. Es entendible pero duele mucho. Y más cuando los últimos años lo han tenido abandonado, como si de escombros se tratase. Imperdonable.
Decir adiós a un icono futbolístico mundial va a partir almas. Y difícilmente (por no decir imposible) se recuperará con las décadas su mística. Esa verticalidad lo es todo. Y aunque se gane en comodidad, se perderá la esencia.
Es la cuenta atrás y la llorera cuando llegue el momento será interminable.