¿Cómo presentarle la Odisea a alguien que no la ha leído? Se suele decir: La Odisea cuanta la historia de un hombre que, tras una larga guerra de años, quiere volver a su hogar, pero se demora muchos años más, entre aventuras, penurias y peripecias de todo pelaje. Finalmente lo consigue, mata a los usurpadores y recupera su trono, su palacio y el amor de su esposa. Lo cual es más o menos cierto, pero simplifica tremendamente la compleja arquitectura del poema. Hay dos formas, a mi juicio, de enfrentarse a esta obra: con la impaciencia de los pretendientes o con la paciencia de Penélope. Homero es hospitalario y admite ambas clases de lectores. Pero a la larga quienes reciben más dones son los segundos.
De esa impaciencia tan adolescente que busca la aventura a toda costa también parecían participar los antiguos (y no tan antiguos) filólogos, a quienes les fastidiaban los primeros cuatro cantos en que Telémaco va en busca de noticias de su padre, el tramo conocido como la "Telemaquia", y por tal razón encontraban espurio todo eso. Diríase que también les frustraba el hecho de que Homero, al comenzar la plática con la musa, anuncia una cosa para postergarla a continuación. Lo contrario de la Ilíada, donde la prometida "cólera de Aquiles" se entrega casi al instante y con urgencia. Pero la Odisea no da comienzo con un Odiseo que tiene a Ítaca como su meta e ideal, para poner en marcha la maquinaria del viaje de regreso. Antes bien, los lectores aterrizamos desde el principio en la propia Ítaca, que es el epicentro del poema. Una "pedregosa Ítaca" cotidiana, palmaria y hasta triste, donde campan los desmanes de los pretendientes en palacio y todo es desorden e injusticia. Y donde Telémaco, que es a un tiempo personaje y lector de la Odisea, busca su lugar en la trama y en la vida.
Homero comienza pidiéndole a la musa que le cuente algo de "un hombre". Como quien dice: "oye, ¿qué fue de Fulano?". Pero a continuación ese hombre no aparece por ningún lado. Por contra, en esos primeros cuatro cantos, el personaje de Odiseo se va construyendo como una ausencia. Y aquí tenemos una de las ideas que vertebran el poema, siempre obsesivo en torno a la memoria y su lucha contra el olvido: vivimos porque alguien se acuerda de nosotros, o piensa en nosotros. Y esa memoria es lo que impide que nos convirtamos en una casa vacía con las luces apagadas. Muchos cantos después, cuando el propio Odiseo viaja al Hades y habla con el alma de su madre muerta, le pregunta si hay alguien en Ítaca que se acuerde de él. Como quien teme convertirse en sueño, en olvido, en Nadie.
Por supuesto, el lector adolescente que ansía sirenas, cíclopes y lestrigones obtendrá lo que buscaba. Casi escuchamos a Homero decir: "Aquí tienes tus sirenas, tus cíclopes y tus lestrigones. Que los disfrutes". Pero con el tiempo ese lector, si se deja llevar por el tesón de Penélope, descubrirá que la Odisea es el gran poema de la conversación junto al hogar en las noches largas e insomnes, al calor de la hospitalidad. Donde el mar y sus monstruos no es tanto el espacio habitado como un rumor recordado. Y es ese recuerdo convertido en narración lo que le confiere su sentido.