NO CONOCÍ MAYOR VICTORIA QUE CONTIGO EN UNA DERROTA
“Amazing fans, congratulations”. Ese es el regalo que los hinchas del Palace ofrecieron a la riada de rayistas que salían del estadio en la madrugada de la ciudad que acogió la primera final. El rayismo ha dejado huella en Europa. Se ha vaciado, ha exhibido cuerpo y alma en esta aventura. Un viaje apoteósico.
Las lágrimas tras perder una final desgarran el corazón. Porque es la tristeza de tu persona favorita, de tu gente, de aquellos con los que has compartido escalas, tarjetas de embarque, cervezas, abrazos y goles. El silbido del árbitro fue la aguja del desconsuelo. El paragüero se aleja de Vallecas, pero el orgullo ha calado hasta la eternidad.
El aeropuerto de Leipzig ha fotografiado los cadáveres de cientos de vallecanos. Mayores, medianos y pequeños, todos extenuados por el exceso emocional y emocionante. Se acabó la ficción, desciende el telón de la obra de teatro más bonita de todos los tiempos. Es imposible sacudirse la amargura de sospechar que el primer equipo de Vallecas jamás se verá en otra como esta.
La bendita Conference ha permitido sacar el barrio con chinchetas repartidas por el continente. La vida no es ganar o perder, esa simpleza es una mierda. La vida son los que comparten contigo las escasas victorias y los que te agarran de la mano en las numerosas derrotas. Los que te empujan a calentarte otra vez con la tarjeta de crédito porque puede ser la última eliminatoria. Los que posan en las decenas de momentos desde Gotemburgo hasta Leipzig. Los que entonan la última canción cuando aparecen los créditos del final en la T4.
“Hemos hecho historia juntos”, reza la firma que un amigo le dejó a otro en la camiseta varias horas antes de la final. El camino no ha llevado a Vallekas hasta un subcampeonato. Le ha guiado, sueño a sueño, hasta el infinito del sentimiento de pertenencia.