Me duele profundamente imaginar todo lo que estos guaguas han tenido que vivir para llegar a este punto. No existen los “niños sicarios”, existen los niños reclutados por el crimen organizado. Alguien los reclutó, alguien les enseñó a disparar, alguien les dió la orden.
Justicia restaurativa, rehabilitación y reinserción social para los menores, cárcel y todo el peso de la ley contra los criminales que les arrebataron su inocencia.
A los 14 años aún debería estar aprendiendo matemáticas. En cambio, ya está aprendiendo la única lección que el crimen organizado nunca perdona: quien vive por la bala, tarde o temprano termina contando las que le disparan.
Así funciona el crimen organizado: los jefes esconden el rostro, los peones ponen los muertos.
Hoy llora. Mañana lo buscarán quienes quieren venganza. Y quienes lo empujaron a ese mundo ya estarán reclutando al siguiente. Porque en las bandas nadie es indispensable.
La bala que disparas por orden de otros suele regresar con tu nombre escrito.