Si muchos argentinos exitosos no tienen residencia fiscal en Argentina, no es casualidad: es la consecuencia directa de décadas de estupidez populista confiscatoria.
Intentaron “cobrarles a los ricos” con impuestos patrimoniales absurdos, obligándolos en muchos casos a vender activos, acciones o participaciones empresarias para pagar tributos sobre bienes que no necesariamente generan liquidez.
El resultado fue exactamente el previsible: se fueron muchas de las familias más ricas del país y casi todos los creadores de unicornios argentinos.
Y conviene recordarlo: los unicornios no son una maldición. Son empresas que nacieron de cero, innovaron, crearon riqueza, ofrecieron bienes y servicios útiles, generaron empleo, atrajeron inversión y pusieron talento argentino en el mapa global.
El impuesto a los Bienes Personales y el llamado impuesto a la riqueza no castigan la riqueza improductiva: castigan el ahorro, la inversión, el capital acumulado y el éxito empresarial. Son impuestos profundamente dañinos y, en muchos casos, con efectos claramente confiscatorios.
El sistema tributario argentino debe ser desmantelado y reconstruido sobre bases racionales: impuestos simples, bajos, no confiscatorios y compatibles con la inversión de largo plazo.
El populismo cree que puede quedarse con la riqueza ajena. Pero la riqueza, el talento y el capital se mueven. Cuando se los persigue, se van.
Y cuando se van, el país pierde empleo, inversión, innovación, recaudación futura y oportunidades.
La Argentina no necesita perseguir a quienes crean riqueza. Necesita volver a ser un país donde valga la pena crearla.