Las ciudades se han vuelto colmenas de cristal donde los hombres se rozan las chaquetas pero se evitan los ojos. Hay una soledad terrible en estas avenidas iluminadas: diez mil almas gritando en su propio teléfono para no escuchar el silencio del asfalto que pisamos.
Escribir bien implica adentrarse en territorios donde el oxígeno escasea. El escritor debe aprender a sobrevivir en esa asfixia hasta encontrar exactamente lo que busca.