Totalmente. Es una reforma perversa.
Nos dicen que es para “ahorrar” y “democratizar”, pero en realidad cambia la forma en que tu voto se convierte en poder. Si los segundos lugares se vuelven curules, el partido grande gana incluso cuando pierde. Si se recorta al INE 25%, el árbitro queda más débil. Y si se reducen tiempos y dinero, compite mejor quien ya domina la cancha. No es técnico: es político.
Quitar los plurinominales como estaban diseñados no es un detalle menor. La representación proporcional nació para que las minorías existieran en el Congreso. Si ahora la regla favorece a quien queda segundo —y casi siempre son los mismos— el pluralismo se adelgaza. Menos voces, menos contrapesos, más facilidad para imponer mayorías.
Como ciudadano, lo que está en juego no es el “costo” de la elección, sino el equilibrio del sistema. Un árbitro con menos recursos, partidos chicos asfixiados y reglas que premian al dominante no fortalecen la democracia. La concentran. Y cuando el poder se concentra, la primera pérdida es la tuya: tu voto pesa menos.