México es un conjunto de barbaridades; personajes simbólicos de la idiosincrasia y la vida común de la sociedad, dominan o invaden la narrativa cotidiana. Difícil es resistirse a reconocer lo que somos y lo que hacemos. Nuestros valores y preferencias, nuestra ética y pudor, nuestra cultura e historia se embarran de estiércol a cada rato.
Basta una ligera mirada a titulares, encabezados, noticieros, coberturas, mensajes, posturas y alguna que otra manifestación para saborear el cinismo y la flagrante corrupción que existe.
De Pedro Haces a Lucia Transviña, de Félix Salgado a Andrea Chávez, de Fernández Noroña a Julio Astillero, de Andy López a Napito, de Juncal a Cuitlahuac, de Monreal y familia a Taide, de Zaldívar a Batres, de Serrano a Molécula, de Romero Oropeza a Ignacio Ovalle, de María Luisa Alcalde a María Clemente…
Y así, podemos enumerar cientos de personajes que se creen impolutos como si eso fuera el sinónimo de la condición que hiciera célebre otro desgraciado: “la plenitud del pinche poder”. Mientras tanto, el populo sufre para conseguir una cita en el hospital o la ración de medicamentos o las vacunas para el menor. Todo eso se consiente, se normaliza y se soslaya con la cómoda dádiva de entre 7 y 9 mil pesos mensuales que por justicia social les corresponde. Recursos provenientes de los impuestos que pagan, hasta ahora, unos pocos mexicanos.
Los impuestos en cualquier otro país con gobernantes de mediana inteligencia se destinarían a infraestructura pública (carreteras y su mantenimiento, hospitales y medicinas, escuelas, asilos, guarderías, seguridad pública, impulso a la ciencia y tecnología…); pero aquí lo fácil es regalarlos a cambio de un pinche voto que sirve para que los mismos dresgraciados se sirvan de todo (aunque ya no les quepa) con cuchara grande.