El Papa ha repetido en Arguineguín lo mismo que siempre ha dicho sobre la inmigración.
Lo de la acogida es lo que siempre se resalta, pero me permito resaltar la otra parte que complementa al discurso y que, por lo que sea, nunca se pone de relieve:
"Cada barca que llega trae consigo una pregunta: ¿Qué mundo hemos construido si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida? (...)
La dignidad humana exige (...) cooperación real contra los traficantes y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en la propia tierra. Si bien existe un derecho a buscar refugio cuando la vida es amenazada, también existe el derecho a no tener que migrar, el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerras, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres sin que las armas destruyan el futuro de los niños. No podemos acostumbrarnos a contar muertos, la dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera."