El mexicano tiene la tara del pesimismo arraigada. El enemigo del mexicano es el mexicano: es la envidia, pero también el clasismo; es el político en turno, pero también su vecino, su compañero de trabajo, el conocido que no soporta verlo avanzar.
Es el clasismo, pero también el racismo. Es el racismo, pero también el clasismo racial.
Su diversidad es su bendición y su maldición.
Todo lo nuevo le parece sospechoso. Todo lo bonito le parece robado. Todo lo grande le parece imposible. Si alguien construye, “seguro lavó dinero”; si alguien progresa, “seguro tuvo palancas”; si algo mejora, “seguro es pura propaganda”.
No sabe celebrar sin sospechar. No sabe admirar sin rebajar. No sabe ver una obra, una mejora, una ciudad que cambia, sin buscarle inmediatamente la grieta, el defecto, el motivo para decir: “esto no va a durar”.
Y así, entre la burla, el resentimiento y la queja eterna, termina defendiendo la mediocridad que dice odiar.
Por eso el jodido permanece jodido, y por eso el que no está jodido termina siempre por joderse.
Ese tipo de mexicano da igual si es rico o pobre, culto o ignorante, inteligente o tonto, de izquierda o de derecha, de arriba o de abajo, de ciudad o de pueblo, con estudios o sin ellos: carga la misma piedra en la espalda y luego culpa al camino.
Parece estar maldito, pero por una maldición que él mismo perpetúa. Una maldición hecha de sospecha, resentimiento, burla, complejos, envidia y una incapacidad casi sagrada para reconocer que algo puede mejorar sin que eso signifique que alguien le ganó.
Porque el verdadero atraso no siempre está en las calles, ni en los gobiernos, ni en los edificios viejos. A veces está en esa costumbre miserable de preferir que nada mejore, con tal de que nadie más parezca haber ganado.
Qué cansado debe ser vivir así: viendo ruina incluso cuando algo empieza a levantarse.