ESTO NO ES EL DESIERTO
Mi primera vez en un estadio de fútbol fue en el Insular para un Las Palmas-Ourense en septiembre de 1995. Los que venimos de ver a este club enterrado en los campos de tierra de la Segunda B sabemos que el verdadero desierto era aquello, no la cita de hoy en La Rosaleda. El pesimismo es para los que no tienen memoria.
Mi padre me crió hablándome de una época dorada en la que este escudo jugaba con el fútbol de salón de Germán, Tonono y Guedes, la categoría de los argentinos Brindisi, Carnevali, Morete y Wolff, o la pausa eterna de Valerón (a este último ya me dió tiempo de verle). Esa herencia no se diseñó para especular ni para gestionar ventajas cortas; se hizo para adueñarse de la pelota.
Por eso, tener que remontar dos goles esta noche es el escenario más liberador del mundo. Se acabó el cálculo de oficina y el miedo a perder. Toca ir a tumba abierta, que es cuando el futbolista de la casa se divierte y desarma a cualquiera. No es una agonía, es una oportunidad. Toca echar el resto.
La ida se la quedó el Málaga; en la vuelta decide el estilo que nunca se debió guardar.
¿Es tener la obligación absoluta de atacar la mayor ventaja psicológica para un equipo programado genéticamente para tratar bien el balón?
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Estadio Insular (Las Palmas de Gran Canaria)
Durante décadas fue el hogar de la UD Las Palmas.
Cerró en 2003.
Hoy es un parque público,
pero aún se conservan muros y parte del antiguo estadio.