Féretro dorado, Estado presente… y un país ausente
México entero vio algo que debería avergonzarnos: un féretro dorado, más de 500 coronas, música, logística impecable y un despliegue de fuerzas federales digno de una visita presidencial… pero era el entierro de un jefe criminal.
Para las víctimas del crimen organizado: fosas clandestinas, búsquedas con picos y palas, madres solas, expedientes empolvados.
Para el capo: orden, seguridad, coordinación y control absoluto del territorio.
No es solo una imagen. Es un mensaje.
El Estado demostró que sí puede garantizar seguridad, cerrar carreteras, instalar retenes y mantener el orden cuando lo decide. La pregunta es brutalmente simple:
¿por qué esa eficacia no existe para proteger a los ciudadanos comunes?
Mientras miles de familias siguen buscando desaparecidos sin apoyo real, el funeral del líder de uno de los cárteles más violentos del país transcurrió sin contratiempos. Ni caos, ni enfrentamientos, ni descontrol. Todo bajo supervisión oficial.
Y en medio de ese operativo, un joven fotógrafo extranjero fue agredido. Seguridad había. Protección para todos, no.
La escena deja una herida política profunda:
el gobierno presume capacidad, pero la ejerce selectivamente.
Presume autoridad, pero el país vive bajo miedo.
Presume control, pero las víctimas siguen contando muertos.
Un ataúd dorado no es solo un símbolo de ostentación criminal. Es el reflejo de un Estado que llega tarde para los ciudadanos y puntual para administrar el poder del crimen.
Y eso, más que indignación, debería provocar una crisis de conciencia nacional.