Cuidados interrumpidos. Rutinas dislocadas. Planes descartados. Falta el agua. Falta la luz. Y un día (como hoy) hay que prepararse para vivir como si se tratara de salir en una expedición. Lo cotidiano (ropa limpia, trastes fregados, bañar los niños, cocinar lo que se compró antes de que el relevo de carga se cargue la nevera o la estufa) se convierte para mucha gente en un proyecto de supervivencia. A esta hora de la noche, pensar en que mañana habrá que comprar agua y hoy, guardar del hilito que sale de la pluma en lo que aparezca: cisterna (quien tenga), lavadora (si es análoga, que las muy modernas no se prestan para esos ejercicios de precariedad), galones almacenados para el por si acaso. Pero que nadie se queje, advierten a gritos los minions azules, que en Cuba y Venezuela siempre se pasa peor. Y no es que todo sea culpa del señor ese de la AAA que graba mensajes con cara de susto y chaleco de emergencias, o de la gobernadora que nos anuncia que la gente no tendrá que pagar el agua que no les llegó. Es la suma de muchos años de incompetencias y politiquerías que hoy producen angustias y sufrimientos a tanta gente. Tampoco es que aparezcan respuestas mesiánicas para recomponer el descalabro de décadas en un dos por tres. Pero, caramba, hay que empezar por mirar a la cara a la realidad y declarar con todas sus letras que esta no es forma de vivir. Porque quienes nos han traído hasta aquí nos pueden llevar, siempre nos han podido llevar, a algo peor.
Y ya, que la lavadora terminó de llenar y toca seguir con los galones, como nos instruyen el señor de la AAA y la señora de La Fortaleza.