La “República de los Derechos Humanos” le niega el himno a una niña que solo jugó al tenis.
Este sábado, mientras Mirra Andreeva, una prodigiosa tenista rusa de 18 años, destrozaba a la polaca Maja Chwalińska y levantaba la Copa Suzanne-Lenglen en Roland-Garros, los organizadores del torneo y el gobierno francés decidieron que su victoria no merecía su himno. Porque, claro, en la tierra de la Libertad, Igualdad y Fraternidad, ahora se castiga a las deportistas por el pasaporte que les tocó al nacer.
Qué gran idea: convertir el tenis en un tribunal geopolítico. Mientras Macron y su élite parisina dan lecciones morales al mundo, le arrebatan a una adolescente el momento más dulce de su carrera para demostrar que ellos, los refinados franceses, están del lado correcto de la historia.
Olvidan, eso sí, que el deporte no es una extensión de la OTAN ni un arma de sanciones. Al final, con su ridícula censura, solo consiguen una cosa: que el mundo vea lo pequeño y lo hipócrita que se ha vuelto también lo grande torneos deportivos como el “gran” Roland-Garros.
El talento ganó dentro de la cancha.
Afuera, la mediocridad política volvió a perder.