En el Reino Unido, una niña llamada Olivia Farnsworth nació con una alteración genética extremadamente rara: no puede sentir dolor, hambre ni cansancio.
Desde bebé casi no lloraba, apenas comía y podía pasar horas sin dormir. Su madre sabía que algo no era normal.
Pero lo que dejó sin palabras a los médicos ocurrió en 2016.
Olivia fue atropellada por un automóvil y arrastrada varios metros sobre el asfalto.
Cualquiera esperaría gritos, lágrimas o pánico.
Ella simplemente se levantó, sacudió el polvo de su ropa y caminó de regreso hacia su madre.
Increíblemente, solo sufrió cortes y rasguños leves. Los especialistas creen que, al no sentir miedo ni tensar su cuerpo durante el impacto, eso pudo haber reducido la gravedad de sus lesiones.
Su historia parece sacada de una película, pero también nos recuerda algo que solemos olvidar:
El dolor es una de las formas más importantes que tiene el cuerpo de protegernos. Lo que muchos desearían no sentir... en realidad puede ser la razón por la que seguimos vivos.