Para los indígenas, la selva se quedó con Wilson, el comando de cuatro patas, a cambio de los niños.
Para nosotros, fue un comando que lamentablemente perdimos en esta misión. Aunque lo buscamos de todas las maneras, la selva lo albergó para siempre.
Solo los que van a la guerra sufren las heridas de la misma.
Por ello, y cuando muere un militar o policía defendiendo a nuestro pueblo es evidente que:
Quien muere por la patria, vive para la historia.
¡Honor a quien honor merece!
Con la fe intacta.
Hace tres años logramos lo imposible. Rescatamos a cuatro niños que duraron perdidos en la selva amazónica durante 40 días.
13 años, 9 años, 4 años y 11 meses eran las edades de las tres niñas y el niño Mucutuy que perdieron a su mamá en ese trágico accidente aéreo.
Dos mundos y toda una nación nos unimos en medio de la diferencia y la adversidad.
Para los militares, los mapas y las brújulas eran las guías. Para los indígenas lo eran los espíritus de la selva y el yagé. En realidad, no se trata de creer en la creencia del otro, se trata de respetarla.
Para algunos debíamos abandonar esta misión imposible. Ya eran demasiados recursos invertidos y los niños ya deberían estar muertos. Para nosotros, rendirnos no era la opción. Hay que persistir, resistir, insistir y nunca desistir.
Lo más cercano a crear una vida es salvarla. Dos días antes de encontrarlos, ingresé a la selva a buscarlos junto a nuestros valientes comandos y sabios indígenas. Quería tener la conciencia tranquila de haber hecho hasta lo imposible. La fe es la certeza de lo que no se ve, y mientras tenga el uno por ciento de posibilidad, hay que mantener el 100 % de fe.
Cuatro indígenas encontraron a los menores. Pero sin nuestros militares hubiera sido imposible cumplir la misión. Cada uno es indispensable, pero juntos somos invencibles.
Hay que ser valientes, nunca sabemos cuándo la vida nos lo exija.
Respeto, persistencia y fe. Ojalá toda Colombia viviera estas lecciones de vida y esperanza.
Con la fe intacta.