Licenciado en Historia y blogger desde 2009.Creador del blog El Viajero Incidental y colaborador en otros muchos.

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En 1874 una familia de emigrantes alemanes en EEUU fue atacada por los cheyennes. Murieron los padres junto a tres de sus hijos, pero sobrevivieron cuatro hijas que pasaron una durísima experiencia en cautividad. citaclio.blogspot.com/2026/0…
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¿Eran los espartanos los mejores soldados de la Antigüedad? El cine y el gimnasio han generado una imagen popular de trescientos superhombres invencibles que ganaban por su fiereza individual, su físico espectacular y unas condiciones totalmente superiores al resto. La realidad del campo de batalla fue más compleja aunque haya cierta parte real y para verla hay que separar lo que Esparta era de verdad de la extensa leyenda que la envuelve. El ascenso de Esparta fue lento. La conquista de Mesenia, en los siglos VIII y VII antes de Cristo, le dio una población muy amplia de siervos/esclavos, los hilotas, que labraban la tierra y liberaban al ciudadano para vivir y adiestrarse en armas a tiempo completo, algo que ninguna otra polis griega podía permitirse. Sobre esa base reorganizó su ejército, y para las Guerras Médicas ya era la primera potencia terrestre de Grecia y la victoria hoplítica de Platea, en el 479, la consagró. Décadas después, tras doblegar a Atenas en el 404 alcanzó la hegemonía, que mantuvo hasta el 371. ¿Por qué vencían? Por algo que casi ninguna otra ciudad podía ofrecer: mando y maniobra entrenada a fondo. El soldado espartano no era más fuerte que el ateniense ni que el tebano, simplemente lo que tenía detrás era una instrucción que el resto no podía costearse. Tucídides, al narrar la batalla de Mantinea del 418, describe un ejército formado por oficiales que mandaban sobre oficiales, con las órdenes bajando del rey hasta los jefes de cada pelotón (la enomotia, la unidad básica de unos treinta hombres), lo que permitía pasar de la columna de marcha a la línea de combate a una velocidad que asombraba, e incluso girar unidades en plena batalla (algo extremadamente complejo en falanges hoplíticas), como hizo el rey Agis para rescatar su flanco izquierdo hundido. Jenofonte cuenta que las maniobras que los instructores de otras ciudades tenían por casi imposibles, los espartanos las ejecutaban de forma rutinaria, marchando a paso acompasado al son de las flautas. Esta es la lectura de Hanson, Lazenby o Cartledge, que aseguran una profesionalidad táctica que ninguna milicia ciudadana podía igualar. Hay no obstante corrientes recientes que matizan todo esto. Hans van Wees, Peter Krentz o Myke Cole sostienen que el modelo de una falange adiestrada al detalle se apoya en fuentes escasas y poco fiables, que el secreto espartano y una tradición aduladora inflaron la fama, y que su historial real fue irregular. Las Termópilas fueron una derrota y no la libraron trescientos hombres solos, pues el desfiladero lo guardaron unos siete mil griegos en total y en la resistencia final hubo unos mil cuatrocientos (con los setecientos tespios que la leyenda olvidó y tal vez algunos tebanos renegados) más los hilotas que cada espartano llevaba de sirviente, que solían ser entre y tres. El siglo IV destapó la rigidez del sistema militar espartano. En Lequeo, en el 390, los peltastas ligeros de Ifícrates despedazaron a proyectiles a toda una mora espartana (sobre 600 hombres), y se vio que el hoplita pesado quedaba indefenso ante la movilidad. Esparta no supo reinventar su forma de combatir por completo y bastó un general que se negara a pelear de manera simétrica para acabar con su prestigio, sumado al número cada vez menor de espartiatas, que sufrían un fuerte problema demográfico entre los ciudadanos. En Leuctra, en el 371, Epaminondas amontonó su ala tebana con cincuenta escudos de fondo frente a los doce de la línea lacedemonia, avanzó en oblicuo retrasando su flanco débil, y aquella columna reventó el ala de honor donde combatía el rey Cleómbroto, que cayó en el campo de batalla. No obstante, no hay que restarles mérito ni enterrar la realidad que da origen al mito, pues hubo un tiempo en que Esparta marcó el paso de la guerra en el mundo griego. Mandaba y maniobraba mejor que nadie, y llevaba al campo a hombres que se movían como una sola pieza mientras el resto peleaba a empujones. Bibliografía en los comentarios.
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¿Quién mandó la lluvia que salvó a una legión de Marco Aurelio? Un verano de las guerras marcomanas, hacia el año 172, al norte del Danubio, una subunidad de la legión XII 'Fulminata' quedó cercada por los cuados en un paraje sin una gota de agua. Los romanos, abrasados por el calor y la sed, aguantaban con los escudos trabados, y el enemigo dejó de atacar y se sentó a esperar, convencido de que la sed rendiría lo que no rendían las armas. En ese trance se desató una tormenta que descargó el agua sobre los romanos, que la recogían en los escudos y en los yelmos y la bebían a tragos, alguno revuelta con la sangre del combate, y los rayos y el granizo sobre los bárbaros, que rompieron filas y huyeron. Este suceso derivó en un debate por la autoría del aguacero, del que corrieron tres versiones a la vez. Casio Dion, que escribió medio siglo más tarde, se lo atribuyó a un mago egipcio llamado Arnufis, que acompañaba al ejército y que invocó con sus artes a Mercurio, señor del aire, hasta arrancarle la lluvia. Los autores cristianos, con Tertuliano a la cabeza apenas una generación después del suceso, contaron que fue Dios, que escuchó las plegarias de los soldados cristianos de la legión, y el episodio entró en la apologética como prueba del favor divino hacia los perseguidos. Y queda la tercera lectura, la fría, la que debió de hacer el propio Marco Aurelio, una tromba de verano caída en el momento justo. Algunas versionas añadieron además un detalle sosteniendo que el sobrenombre 'Fulminata', la legión "del rayo", le vino de aquel prodigio, y es imposible, pues la duodécima lo llevaba desde los tiempos de César y de Marco Antonio, más de un siglo antes, casi dos, y el propio Dion la recoge con ese nombre entre las legiones antiguas. El milagro pudo salvar a la legión, pero el nombre ya lo llevaba. Del suceso queda constancia esculpida en la Columna de Marco Aurelio, en Roma, un dios de la lluvia barbudo y alado, con los brazos extendidos y el agua cayéndole del cuerpo y de las alas sobre los legionarios, mientras en otra escena el rayo derriba al enemigo. La tradición anticuaria bautizó a esa figura como Júpiter Pluvio. Bibliografía recomendada en los comentarios.
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