La reflexión más importante que me dejó el mensaje de la presidenta hoy que comentó , no es la denuncia de la concentración de poder. Eso lo sabemos desde hace décadas.
La verdadera pregunta es otra: ¿quiénes se han beneficiado de esa concentración?
Porque si vamos a hablar con honestidad, la respuesta no es únicamente los grandes empresarios. También la clase política. Ambos grupos han convivido, negociado y prosperado dentro del mismo sistema durante generaciones. Unos acumulando capital. Otros acumulando poder (y capital) Y mientras tanto, los ciudadanos pagando la factura.
Por eso me parece insuficiente escuchar a un grupo señalar al otro como si fueran enemigos históricos. No lo son. Han sido socios del mismo modelo durante años.
La presidenta tiene razón cuando advierte sobre la concentración de riqueza y poder. El propio Pope Leo XIV, al igual que otros líderes, académicos y pensadores de distintas corrientes, ha advertido sobre los riesgos de que decisiones que afectan a millones de personas terminen concentradas en muy pocas manos. Pero también es cierto que la concentración política produce exactamente el mismo resultado, burocracias cerradas, impunidad, captura institucional y distancia entre gobernantes y gobernados.
La historia demuestra que el problema no es únicamente quién tiene el poder. El problema es cuando el poder deja de tener contrapesos ciudadanos.
Por eso no creo que la solución sea cambiar una élite por otra. Sería como pasar de una mentira a otra.
No se trata de reemplazar a los políticos por empresarios ni a los empresarios por políticos. Tampoco de entregarle todo al Estado ni de privatizarlo todo.
Lo que necesitamos es una ciudadanía mucho más fuerte que cualquiera de los dos.
Sí, necesitamos capital. Ninguna nación moderna prospera sin inversión, innovación y creación de riqueza. Pero ese capital debe operar bajo reglas claras, con competencia real, con transparencia y bajo instituciones que representen a los ciudadanos, no a grupos de interés.
Y sí, también necesitamos un Estado. Pero un Estado que haga bien lo que le corresponde y deje de monopolizar aquello en lo que ha demostrado fracasar sistemáticamente. (Salud, educación, seguridad)
En México hay áreas donde el debate ya no debería ser ideológico sino práctico. Si después de décadas los ciudadanos siguen enfrentando problemas graves en salud, educación o servicios públicos, entonces todo debe poder discutirse. Todo debe poder evaluarse. Todo debe poder reformarse.
No para beneficiar a corporaciones ni para fortalecer gobiernos.
Para beneficiar a los ciudadanos.
También debemos atrevernos a cuestionar cómo elegimos a quienes nos gobiernan. Porque cambiar nombres cada seis años no necesariamente cambia los incentivos del sistema. Necesitamos mecanismos que premien capacidad, ética, resultados y rendición de cuentas, no solamente popularidad o estructuras partidistas.
Por eso mi conclusión es sencilla:
Sí, existe una concentración de poder.
Sí, existen grupos económicos que han obtenido beneficios extraordinarios.
Sí, existe una clase política que durante décadas ha sido parte del mismo problema.
Y precisamente por eso no podemos seguir escogiendo entre dos versiones de la misma historia.
La solución no está en entregar el país a quienes ya se beneficiaron de él, ni desde el poder político ni desde el poder económico.
La solución está en construir instituciones fuertes, ciudadanos más vigilantes, mercados con reglas claras y una nueva generación de liderazgos que no le deban favores al viejo sistema.
Porque cuando el poder económico controla todo, la democracia se debilita.
Y cuando el poder político controla todo, la libertad también.
Lo único que históricamente ha logrado equilibrar ambas fuerzas es una ciudadanía consciente, organizada y capaz de exigir cuentas a todos por igual.
Si la concentración de poder es el problema, ¿por qué seguimos discutiendo quién debe concentrarlo? La respuesta la tenemos ya