100% todo.
Hace mucho que me alejé de las redes. Pero, dada la coincidencia entre una etapa personal particular y el comentario absurdo de un político (ex-infiltrado de la comunidad científica), no pude resistirme a dejar una reflexión.
Aclaro: no pretendo opacar la voz de las científicas, a quienes admiro profundamente. Yo no soy una de ellas. Solo quiero contar lo que muchas veces queda detrás de quienes dejaron algunos sueños en el camino.
Ser mujer en el ámbito científico es poderoso… pero también muy duro. Especialmente en el sur global (mención especial a Latinoamérica), donde se forjan a diario historias de decisiones difíciles, sacrificios, discriminación y resistencia.
En ciertos espacios, una mujer debe demostrar el doble, ser casi perfecta para ser tomada en serio. Los estereotipos pesan, y muchas veces te hacen sentir que no perteneces del todo.
Cuando una es joven, no faltan los comentarios misóginos, los que “quieren ayudarte” con intenciones dudosas, o las miradas condescendientes. Cuántas historias no contadas por miedo a perder la beca, la oportunidad, el trabajo…
La academia también es un terreno hostil. Donde las redes académicas son cerradas y se componen principalmente por hombres. En este entorno, una es juzgada por cómo se ve (“si te arreglas mucho, no puedes ser profesional”; “si no te arreglas, qué poca presencia”), por cómo se comporta (“si sonríe mucho, seguro consiguió las cosas por eso”; “si no habla, qué poco carisma tiene”).
Y en el colmo de la misoginia, si una se queja o cuestiona algo, no falta quien lo atribuya “a las hormonas”.
Cosas que a un hombre nunca le pasan.
Luego llega el embarazo.
Y con él, una serie de dudas que lo cambia todo: ¿Tendré licencia? ¿Tendré seguro? ¿Me seguirán considerando?
La precariedad laboral te hace preguntarte si vale la pena seguir. Muchos asumen que dejarás de ser ambiciosa. Que ya no “darás la talla”.
La maternidad es una etapa maravillosa… pero también viene con culpa. Culpa por no estar lo suficiente en casa. Culpa por no avanzar en el trabajo. Culpa por sentir que no estás siendo “buena” en ninguna de las dos cosas.
Ver tu propuesta de doctorado empolvarse un año más mientras dudas si estás cumpliendo como mamá.
Proyectos que iban a ser tuyos se los dan a otros.
Reuniones sin horario, deadlines que se escapan, correos que no puedes responder.
Dejar de recibir invitaciones porque “nunca llegas con los plazos”.
Trabajar solo de madrugada, cuando todos duermen.
Trabajar el doble, por la mitad del reconocimiento.
Y aún así, sonreír, ser puntual y callar.
Entrar a salas donde eres la única mujer. La única madre.
¿Por qué?
¿Por una condición biológica?
¿O porque faltan igualdad, oportunidades y cambios estructurales?
Faltan redes.
Faltan modelos.
Faltan oportunidades.
Por eso, en Perú, solo el 33% del personal científico son mujeres.
Mientras que en países como Argentina, Uruguay o Paraguay, la cifra va del 40 al 55%.
Ese 33% representa a muchas mujeres que dejaron sueños en el camino, que enfrentaron tareas impuestas por la sociedad y barreras construidas por el sistema.
Y nada de eso es "biología", señor Bustamante. Es machismo estructural.
Hacerle creer a nuestras niñas que “biológicamente no están hechas para la ciencia” no solo es falso:
es cruel, es ignorante, y refleja a la perfección las taras de esta sociedad.