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Como jurista y Católico, tengo un especial interés en la cuestión sobre si la pena de muerte es jurídica, filosófica y socialmente aceptable. A este respecto, voy a exponer de manera extensa, y con la intención de ser todo lo preciso que me resulte posible, mi opinión al respecto. La pena de muerte, lejos de ser una reliquia de épocas pretéritas o una expresión de barbarie jurídica, constituye —cuando se comprende desde la recta razón y la doctrina católica tradicional— una manifestación legítima del ius puniendi del Estado, ordenado al bien común y a la restauración del orden moral quebrantado por el delito. Su fundamento último no es la venganza, sino la justicia retributiva, principio sin el cual ninguna comunidad puede sostenerse. La Sagrada Escritura ofrece el principio originario de esta potestad en el libro del Génesis (9,6): «Quien derrame sangre humana, por otro hombre su sangre será derramada, porque a imagen de Dios hizo Él al hombre». El texto expresa con claridad el carácter sagrado de la vida humana, cuya violación reclama una restitución proporcional. El hombre que asesina o comete delitos gravemente lesivos contra la dignidad humana destruye no solo una vida, sino el reflejo de la imagen divina, y por ello el orden moral exige una sanción que corresponda a la magnitud del daño causado. En esta línea se pronunciaron los Padres de la Iglesia y, con particular profundidad, Santo Tomás de Aquino, quien en la Suma Teológica (II-II, q. 64, a. 2) sostiene que el poder civil, en tanto ministro de la justicia divina, puede legítimamente quitar la vida a los malhechores, del mismo modo que el médico extirpa un miembro gangrenado para salvar el cuerpo entero. Esta metáfora expresa con nitidez la concepción tomista del castigo: la pena capital, aplicada con prudencia y justicia, no destruye la dignidad del culpable, sino que protege la del conjunto social. Desde la filosofía del Derecho, el Estado posee el derecho natural de defensa del orden y de los inocentes, y ese derecho incluye el poder de sancionar con la muerte cuando el delito atenta radicalmente contra el fundamento mismo de la convivencia humana. Tal potestad, conocida desde la Antigüedad como ius gladii, no es una prerrogativa arbitraria, sino una exigencia de la justicia distributiva: a cada cual lo suyo, y al malhechor el castigo proporcionado a su culpa. La tradición católica, recogida en el Catecismo Romano del Concilio de Trento, reconoció expresamente este principio al afirmar que la autoridad pública no peca cuando, obedeciendo a las leyes, aplica la pena capital, pues actúa como ministro de Dios para la recta ejecución de la justicia. En este sentido, la Iglesia no ha considerado jamás intrínsecamente ilícita la pena de muerte, sino sujeta a las condiciones de prudencia, proporcionalidad y certeza en la culpabilidad del reo. Las modificaciones recientes del Catecismo, que desaconsejan su uso en las circunstancias contemporáneas, carecen de carácter dogmático e infalible, y no derogan la verdad perenne sostenida durante siglos por los doctores y teólogos: que la pena de muerte puede ser moralmente legítima y necesaria. Bajo este prisma, existen determinados delitos cuya gravedad desborda toda medida de malicia y cuyo efecto corrosivo sobre el orden moral y social es tal que la pena capital se presenta como sanción justa y proporcional. Entre ellos se hallan el asesinato con premeditación y ensañamiento, el terrorismo, la traición en tiempo de guerra, los crímenes de lesa humanidad, y también, sin lugar a duda, el delito de violación. La violación constituye una violación radical de la dignidad de la persona, un atentado directo contra la integridad física y espiritual del ser humano, y una destrucción de su libertad interior. No es un delito meramente contra la libertad sexual, sino un crimen que, en su esencia, cosifica al otro y profana su condición de hijo de Dios. (Sigo abajo)
12 Nov 2025
el día que les entre en la cabeza que la pena de muerte para un violador lo único que consigue es desproteger más a la víctima habremos avanzado un poquito más como sociedad
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La Santa Inquisición y la falsa superioridad moral de la justicia liberal Pocas instituciones han sido tan deformadas por la propaganda moderna como la Santa Inquisición. Para el imaginario liberal, su nombre sirve como caricatura perfecta: oscuridad, arbitrariedad, fanatismo y crueldad. Pero esa imagen dice más de la mentalidad moderna que de la realidad histórica del tribunal. Edward Peters, historiador nada sospechoso de apologética tradicionalista, escribió que la Inquisición terminó convertida en “un cuerpo de leyendas y mitos”. Debemos comprender bien el problema: durante siglos se ha discutido más contra una imagen fabricada que contra una institución real, compleja, jurídica y perfectamente inteligible dentro de una civilización cristiana. [1] [2] La cuestión de fondo, en realidad, es filosófica antes que histórica. Para el mundo contemporáneo liberal, la justicia se mide desde la autonomía individual, la neutralidad del Estado y la conservación del orden público entendido en clave secular. Para una sociedad católica, la justicia se ordena también a la verdad, al bien común, a la salvación de las almas y a la protección de la fe recibida. Si se niega ese presupuesto, la Inquisición parecerá necesariamente incomprensible. Si se acepta, aparece como uno de los tribunales más serios y racionales de su tiempo. La doctrina tomista ayuda a entender por qué la creación de tribunales pertenece al orden mismo de una sociedad bien constituida. Para Santo Tomás, la ley es una “ordenación de la razón al bien común, promulgada por quien tiene el cuidado de la comunidad”. El tribunal, por tanto, nace cuando la autoridad pública aplica racionalmente esa ley para restablecer la justicia, proteger el bien común y ordenar la vida social conforme a la verdad. [3] Esto es esencial: en una visión católica, el hombre posee una dignidad recibida de Dios. Ha sido creado con alma racional, capaz de conocer la verdad, obrar libremente, responder moralmente de sus actos y dirigirse hacia su fin último. Precisamente por eso puede ser juzgado. El juicio no trata al hombre como simple pieza de una maquinaria estatal, sino como criatura moral, responsable ante Dios, ante la comunidad y ante la verdad. [4] Santo Tomás enseña también que el juez juzga en cuanto ejerce autoridad pública, no como particular movido por pasión privada. Esa idea separa la justicia de la venganza, lejos de lo que hoy muchos piensan. Un tribunal rectamente ordenado debe actuar conforme a ley, razón, prueba, bien común y autoridad legítima. [5] Desde esta perspectiva, por tanto, la Inquisición aparece como un tribunal mucho más serio que la justicia liberal contemporánea: reconocía que el hombre tiene alma, que la verdad obliga, que el error puede destruir a la comunidad y que la finalidad última de la justicia no se agota en castigar, sino en corregir, proteger y ordenar al hombre hacia Dios. Pero para el hombre moderno, naturalista por excelencia, esto resulta incomprensible, puesto que ni siquiera reconoce la existencia del alma. Piensa, por tanto, que lo sobrenatural es, necesariamente, antinatural. El Santo Oficio partía de una idea que hoy resulta insoportable para el liberalismo: el error religioso no es una opinión privada sin consecuencias públicas. Esto debemos tenerlo claro: la herejía, en una sociedad cristiana, dañaba la unidad espiritual del pueblo, confundía a los fieles, ponía en peligro las almas y rompía el orden común. La Iglesia no actuaba como una asociación privada defendiendo una preferencia doctrinal, sino como guardiana de la verdad revelada y responsable de conducir a los hombres hacia Dios. La propia doctrina católica sostiene que la sociedad debe reconocer la verdadera religión. El Catecismo afirma que el deber social de los cristianos consiste en “dar a conocer el culto de la única verdadera religión”, y añade que la Iglesia manifiesta así el reinado de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas. Ese principio permite entender la lógica del Santo Oficio mucho mejor que cualquier lectura liberal posterior. [6] Desde el punto de vista jurídico, la Inquisición tampoco fue el caos sanguinario que suele presentarse. Fue un tribunal escrito, técnico, con procedimientos, notarios, fiscales, defensa, ratificación de testimonios, archivo documental, revisión y control interno. Las causas eran individuales, las actuaciones quedaban registradas y los defectos procesales podían tener consecuencias. Incluso la historiografía crítica reconoce la importancia de sus expedientes precisamente porque eran tribunales de enorme cultura documental. [7] [8] Esto no significa idealizar cada actuación concreta. Hubo errores, injusticias y durezas propias de su época. Pero comparar la Inquisición real con la fantasía moderna de cámaras oscuras, tortura ilimitada y ejecuciones masivas es intelectualmente deshonesto. Leandro Martínez Peñas define el tormento inquisitorial como un “instrumento probatorio extraordinario”. Esa sola expresión ya destruye la imagen vulgar de una tortura caprichosa y permanente. Era una práctica jurídicamente regulada dentro de un mundo donde los tribunales civiles también recurrían al tormento, muchas veces con menos garantías y mucha mayor brutalidad. [9] Los datos históricos tampoco sostienen la leyenda negra. En el período mejor documentado, entre 1540 y 1700, los estudios de Contreras y Henningsen registran decenas de miles de causas, pero una proporción muy reducida de condenas a muerte. Hablamos de cifras muy alejadas del mito de millones de víctimas o de una maquinaria de exterminio. El Santo Oficio fue severo, sí; genocida, no. [10] Uno de los ejemplos más reveladores es la cuestión de la brujería. En la Europa moderna, muchos tribunales seculares y protestantes se entregaron a verdaderas cazas de brujas. La Inquisición española, en cambio, acabó actuando con una prudencia jurídica mucho mayor. Alonso de Salazar y Frías, tras investigar los procesos de Zugarramurdi, escribe: “No hubo brujas ni embrujadas en el lugar hasta que se comenzó a tratar y escribir de ellos”. La Suprema terminó frenando ese tipo de procesos y adoptando una actitud mucho más escéptica frente a las acusaciones de brujería. Ese dato por sí solo debería bastar para desmontar muchos tópicos modernos. [11] La justicia liberal contemporánea se presenta como humana, neutral y racional. Pero esa neutralidad es una ficción. Todo sistema jurídico sirve a una antropología. El liberalismo también tiene dogmas: autonomía absoluta, secularización, Estado como árbitro último, libertad entendida como voluntad, religión reducida a conciencia privada y verdad sustituida por procedimiento. Castiga en nombre de sus propios principios, aunque los disfrace de consenso democrático. Michel Foucault, desde una perspectiva nada católica, por cierto, vio algo importante: la modernidad penal se felicitaba de no castigar ya los cuerpos y de “corregir en adelante las almas”. La prisión moderna, la administración, el expediente, la vigilancia, la reeducación ideológica y la muerte civil del disidente muestran que la justicia liberal no ha eliminado el poder moral sobre el hombre. Lo ha ocultado bajo lenguaje técnico, burocrático y terapéutico. [12] Ahí aparece la diferencia nuclear respecto a ambos sistemas. La Inquisición entendía y proclamaba abiertamente cuál era su fin: custodiar la fe, corregir el error, proteger a los fieles y procurar la conversión. La justicia liberal afirma no tener doctrina, mientras impone la suya. El Santo Oficio entendía el delito religioso como una cuestión de verdad y salvación. El Estado moderno entiende la disidencia como una amenaza al orden secular, a la ideología dominante o a la sensibilidad pública del momento. Por eso puede afirmarse, con precisión, que la Santa Inquisición fue el mejor tribunal existido dentro de una civilización cristiana. No porque cada proceso fuera impecable, ni porque sus jueces estuvieran libres de pecado, ni porque pueda separarse de los límites históricos de su época. Fue superior por su fin, por su concepción de la verdad, por su ordenación al bien común cristiano, por su seriedad documental, por su conciencia de que el error puede destruir almas y por su negativa a fingir una neutralidad imposible. La justicia liberal juzga al hombre como individuo frente al Estado. La justicia cristiana lo mira como criatura de Dios, miembro de una comunidad, responsable ante la verdad y llamado a la salvación. Esa diferencia lo cambia todo. Una sociedad que cree en Dios organiza sus tribunales mirando también al cielo. Una sociedad que ha expulsado a Dios termina juzgando desde la ideología, el cálculo político, el sentimentalismo penal o la utilidad del poder. La Inquisición no fue el monstruo de la propaganda liberal. Fue el tribunal de una civilización que todavía sabía que la verdad importa, que la fe tiene dimensión pública y que la salvación de las almas vale más que la comodidad del mundo. Redactado por Samuel “SAMU” (@Samu_R_M), jurista. Referencias bibliográficas y doctrinales: 1. PETERS, Edward, Inquisition, Berkeley / Los Angeles / Oxford, University of California Press, 1989, ISBN 978-0-520-06630-4. 2. KAMEN, Henry, The Spanish Inquisition: A Historical Revision, New Haven / London, Yale University Press, 1998, ISBN 0-300-07522-7. 3. TOMÁS DE AQUINO, Santo, Suma de Teología, I-II, q. 90, a. 4. 4. TOMÁS DE AQUINO, Santo, Suma de Teología, I, q. 93. 5. TOMÁS DE AQUINO, Santo, Suma de Teología, II-II, q. 67, a. 2. 6. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2105. 7. MARTÍNEZ PEÑAS, Leandro, El proceso inquisitorial, Valladolid, Omnia Mutantur, 2022, ISBN 978-84-09-41043-9. 8. PÉREZ MARTÍN, Antonio, “La doctrina jurídica y el proceso inquisitorial”, en ESCUDERO LÓPEZ, José Antonio (coord.), Perfiles jurídicos de la Inquisición española, Madrid, 1986, ISBN 84-7491-265-2, pp. 279-322. 9. MARTÍNEZ PEÑAS, Leandro, “El tormento como instrumento jurídico del Santo Oficio”, Revista de la Inquisición. Intolerancia y Derechos Humanos, n.º 26, 2022, pp. 159-176, ISSN 1131-5571. 10. CONTRERAS, Jaime; HENNINGSEN, Gustav, “Forty-four Thousand Cases of the Spanish Inquisition (1540-1700): Analysis of a Historical Data Bank”, en HENNINGSEN, Gustav; TEDESCHI, John (eds.), The Inquisition in Early Modern Europe: Studies on Sources and Methods, DeKalb, Northern Illinois University Press, 1986, pp. 100-129. 11. HENNINGSEN, Gustav (ed.), The Salazar Documents: Inquisitor Alonso de Salazar Frías and Others on the Basque Witch Persecution, Leiden / Boston, Brill, 2004, ISBN 978-90-04-13186-6. 12. FOUCAULT, Michel, Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, trad. Aurelio Garzón del Camino, Buenos Aires / México / Madrid, Siglo XXI Editores, 2002; título original: Surveiller et punir, París, Gallimard, 1975, ISBN 987-98701-4-X. Obra: Francisco Rizi, Auto de fe en la Plaza Mayor de Madrid, 1683, óleo sobre lienzo, Museo Nacional del Prado, Madrid.
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Ante tantas cosas nauseabundas que ocurren en el mundo y en la Iglesia, tanto en el orden moral como en el plano de las ideas, este «escolio» de don Nicolás Gómez Dávila me produce un gran consuelo: «El triunfo de lo bajo es a veces necesario para obligarnos a forjar lo noble».
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La ley natural como fundamento de toda sociedad justa Santo Tomás enseña que la ley natural es “participatio legis aeternae in rationali creatura”: participación de la ley eterna en la criatura racional. Esto significa que el orden moral no nace del consenso, del Estado ni de la voluntad cambiante de cada época. Nace de Dios, autor de la naturaleza humana, y se imprime en el hombre mediante la razón, capaz de discernir el bien y el mal. En la Summa Theologiae, Santo Tomás afirma que “lex naturalis nihil aliud est quam participatio legis aeternae in rationali creatura”. En castellano: “la ley natural no es otra cosa que la participación de la ley eterna en la criatura racional”. Por eso el hombre no necesita esperar a que el poder político le diga que el inocente debe ser protegido, que la familia tiene una naturaleza propia, que los hijos deben ser educados, que la verdad debe buscarse o que Dios debe ser honrado. Todo eso pertenece al orden inscrito por Dios en la naturaleza humana. El primer precepto de esta ley es igualmente claro: “bonum est faciendum et prosequendum, et malum vitandum”. Es decir: “el bien ha de hacerse y buscarse; el mal ha de evitarse”. Sobre ese principio se ordenan los demás bienes naturales: conservar la vida, transmitirla y educar a la prole, vivir en sociedad, buscar la verdad y conocer a Dios. La ley natural muestra que el hombre tiene una dirección interior hacia bienes reales, anteriores a cualquier ideología. El drama moderno consiste en haber separado la ley de la verdad. Cuando el derecho positivo se emancipa de la ley natural, la justicia queda reducida a procedimiento, mayoría parlamentaria o voluntad del Estado. Entonces cualquier cosa puede convertirse en “derecho” si el poder la promulga. Santo Tomás también advierte que los preceptos secundarios de la ley natural pueden oscurecerse por “malas persuasiones” y “costumbres corrompidas”. Esto explica mucho de nuestro tiempo: una sociedad puede llegar a llamar progreso a lo que contradice la naturaleza, libertad a lo que esclaviza y derecho a lo que ofende a Dios. Recuperar la ley natural implica volver a mirar al hombre según su verdad: criatura racional, hecha por Dios, ordenada al bien, llamada a la virtud y destinada a un fin eterno. La sociedad que niega la ley natural acaba entregando el alma del hombre al poder. Una sociedad que la reconoce conserva todavía una puerta abierta hacia la justicia, la razón y Dios. Fuente: Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II, q. 91, a. 2; I-II, q. 94, a. 2 y a. 6.
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Queridos todos: Muchas gracias por sus oraciones. Tuve una cirujía. Me sacaron la vesícula por una infección. Puedo decir que Dios salvó mi vida porque la agarron justo a tiempo. Luego les daré más detalles. Pero la cirujía salió bien. Agradezco a Jesucristo y a la Virgen por su constante cuidado. Estoy vivo gracias a Dios que dijo: “todavía no….no es tu hora”. Abrazo grande y que viva Cristo Rey
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💥Misa Tradicional: Conoce las oraciones que fueron eliminadas en la reforma litúrgica. x.com/i/broadcasts/1yGBeeBgB…
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El demonio no soporta la humildad.
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Guarden esta imagen, es bastante antigua (siglo XV-XVI). Es la Virgen María Madre de Dios en su majestuoso título hoy "extrañamente" olvidado de la DEÍPARA: (del latín Deipara, que proviene de Deus -Dios- y parere -parir o dar a luz-). Es el equivalente en latín al término griego Theotokos (Madre de Dios). Pero Deípara no es solo un título; es la piedra angular que sostiene que Dios encarnó realmente en la historia, dándonos a la humanidad a su Madre como refugio y guía en esta guerra espiritual. Es el sagrado título de la Nueva Eva o Mujer y Madre de la descendencia (nosotros) que pisaN la cabeza de la descendencia de la serpiente. En la tradición teológica, especialmente en la escolástica y en la piedad mariana, el título de Deípara NO es simplemente una descripción biológica: es un axioma teológico. Se estableció dogmáticamente para combatir las herejías que intentaban separar la humanidad de la divinidad en Jesucristo. Al confesar a María como Deípara, la Iglesia afirma una verdad apodíctica: que el niño nacido de ella es, real y verdaderamente, Dios. "Ruega por nosotros Santa Madre de Dios para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, Sangre de tu Sangre y Carne de tu Carne, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén" autor: Mar Mounier.
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«¿No será que, en realidad, esa libertad religiosa que tenemos instaurada en nuestras sociedades, lo que pretende es que nos dispersemos en cultos rocambolescos y absurdos a cambio de que tengamos una única religión que es el Leviatán? El Leviatán, en el sentido hobbesiano, es decir, el Estado, que te impone su moral, que te impone aquellas cosas en las que tienes que creer. Aquellas cosas que verdaderamente son dogmas de fe, de tal manera que no se te puede ocurrir combatir ninguno de esos dogmas de fe.» Manuel de Prada dejó esta cita en una tertulia de YouTube que he visto recientemente, y creo que vale la pena detenerse a analizarla, porque señala una cuestión esencial. La sociedad contemporánea presume de haber superado los dogmas religiosos, pero vive sometida a una cantidad inmensa de dogmas políticos, morales y culturales impuestos desde el Estado, los medios, la educación, las leyes y la opinión pública. Se critica al catolicismo por tener dogmas, como si el hombre moderno no creyera en verdades obligatorias, incontestables y socialmente sancionadas. La diferencia está en que los dogmas católicos proceden de la Revelación y ordenan al hombre hacia Dios, mientras los dogmas modernos proceden del poder y ordenan al hombre hacia el Estado, el consumo, la ideología y la obediencia al espíritu de la época. La llamada libertad religiosa liberal ha servido para debilitar la presencia pública de la única religión verdadera, dispersando la sociedad en una pluralidad de creencias tratadas como equivalentes, mientras se impone silenciosamente una religión civil mucho más absorbente: la del Estado liberal contemporáneo. Ese Estado tiene moral, tiene catecismo, tiene pecados, tiene herejías, tiene ritos, tiene excomuniones públicas y tiene una idea del hombre que exige ser aceptada sin discusión. Quien se aparta de sus dogmas descubre rápidamente que la supuesta neutralidad era una ficción. El catolicismo, en cambio, reconoce abiertamente la autoridad de Dios, la verdad revelada y el fin último del hombre. El liberalismo moderno habla de libertad mientras forma almas dóciles ante el Leviatán. Por eso la cuestión relevante no es si una sociedad tendrá religión o no. Esa discusión nace muerta. Toda sociedad termina adorando algo. La cuestión es si adorará a Dios o al poder humano convertido en absoluto.
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EL "MISTERIO" DEL NÚMERO 33 (A quienes han preguntado por este tema, intentaré aclararlo en la medida de lo posible): El número 33 porta una impronta de gloria insuperable: es la edad en la que el Verbum Caro factum est consumó la Redención del género humano. El número 33 es sagrado por una razón ontológica innegable: es la edad precisa de la Encarnación y la muerte de Nuestro Señor Jesucristo. La Sagrada Escritura no es un código cifrado, es la revelación de la Verdad. Si Nuestro Señor Jesucristo vivió 33 años, ese número está marcado por la perfección de la Economía de la Salvación. Cualquier interpretación que diga que el número es “maldito” en sí mismo es falsa y peligrosa. Dios creó los números y los ordenó para Su gloria. Y aquí entramos a la "carne" del dilema: sabemos que el demonio no tiene la capacidad de “crear” un número intrínsecamente maligno; solo puede usar la creación de Dios para manipularla como un gesto de desafío. Por tanto, sabiendo esto, Satanás el adversario, prisionero de su propia impotencia creadora, se dedica a la simulación y el plagio. Él no crea: él pervierte, deforma, mutila. Observen minuciosamente la cuidada arquitectura de su engaño: Satanás está obsesionado con el legalismo y la numerología decimal pues el sistema de ‘100’ es la base de la lógica humana que él utiliza para sus cálculos de usurpación. Al dividir esa totalidad en tres partes, el inmundo enemigo extrae el 33,33 temporal. Aquí reside su ‘inteligencia técnica’ caída: toma un tercio del numero de la hueste angélica caída y lo proyecta sobre la cifra de la Redención para forjar un ídolo de confusión. El enemigo necesita arrastrar la dimensión de su caída a esta realidad temporal. Esa fracción -el 33 sucesivo hasta el infinito- se convierte así en el sello operativo del Adversario. Al fijar su atención en el 33,33 infinito, el enemigo intenta ocultar el 33 perfecto enteramente consagrado a Cristo y lo hace tras una cortina de humo matemática. Y aquí obtiene la reacción lógica deseada: el pestífero busca que el fiel, al ver el número, sienta el hedor de la masonería o de las sectas gnosticistas, y así, por miedo, repudie la cifra. Es el 33 preciso de Nuestro Señor Jesucristo versus el 33,33,33,33 fragmentado de la bestia. Pero el cristiano siempre fundamentado en la VERDAD no cede terreno ante el ilusionismo. Comprender que el 33,33 es la marca del usurpador nos permite, por contraste, reafirmar con mayor vigor la perfección del 33 católico. El LEGALISMO DECIMAL del demonio es una prisión de papel: la plenitud y perfección de la edad de Cristo es una Roca. Por eso, reclamar el número 33 para la Cruz no es solo un acto de fe, es una operación de combate. No es un mero "acto de piedad": es una operación de exorcismo intelectual. Al identificar matemáticamente su infernal e ilusoria estratagema, despojamos al demonio de su máscara. Él detesta la VERDAD, pero teme aún más la lucidez de aquel que, tras ver el truco, responde: ‘¡Basta!. Este número no te pertenece, fue comprado con la Sangre del Cordero para redimir mi deuda". autor: Mar Mounier.
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La Iglesia Católica confesó siempre: Extra Ecclesiam nulla salus "Fuera de la Iglesia no hay salvación". La curia Novus Ordo Postconciliar Sinodal hoy confiesa: Extra Ecclesiam omnia salus "Fuera de la Iglesia se salvan todos. Excepto los que se quedan dentro de la fe de siempre. A esos, les negamos la salvación". Quien vea una "hermenéutica de la continuidad" aquí, está en la negación TOTAL.
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Defienden el Concilio Vaticano II y no han leído NI UNO solo de sus documentos, menos, lo han contrastado con Magisterio Perenne, pero tienen el CUAJO de decirte "no cambió nada". Eso es parte del Tercer Secreto del Fátima que nunca se hizo público pero quienes lo conocieron lo expusieron: "existirá una ignorancia de que se es servidor del diablo y será generalizada. Los hombres solo obedecerán cualquier ley, sin ponerse a pensar si esa norma es buena, justa, verdadera. O si esa norma destruye a la sociedad o a la Iglesia. El legalismo será su guía y única luz: si ESTÁ ESCRITA EN PAPEL y rubricada por los perversos, entonces los engañados, creerán que deben OBEDECERLA (el término que Lucifer ama imponer). Esto ocurrirá porque el "demonio del mediodía" será desatado desde Roma y las ciudades del Anticristo, disfrazado de luz. Será más letal que el demonio de la medianoche, porque este se esconderá tras la luz de la verdad. Y quienes no puedan verlo, no buscarán la verdad, porfiarán defendiendo la mentira. Y Lucifer gobernará desde la Silla de Pedro, habiendo logrado que se le adore aún en las pequeñas cosas cotidianas, desde donde Cristo habrá sido destronado de todo espacio en el mundo, empezando por los hogares".
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Estoy redactando un post bastante extenso sobre la Santa Inquisición. En cuanto pueda, lo terminaré y lo subiré. Pero quiero adelantar una idea central: la Santa Inquisición fue, probablemente, el tribunal más justo que ha existido. No porque cada actuación concreta fuese perfecta, sino porque partía de una concepción superior de la justicia: la verdad, el bien común, la salvación de las almas y la responsabilidad moral del hombre ante Dios. La justicia liberal contemporánea presume de neutralidad, pero también impone sus dogmas. La Inquisición, al menos, sabía para qué juzgaba: para custodiar la fe, corregir el error y proteger a una sociedad cristiana de aquello que podía destruirla desde dentro. Obra: Pedro Berruguete, La prueba del fuego (Santo Domingo y los albigenses), c. 1493-1499, Museo Nacional del Prado, Madrid.
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Aquí tienen el post completo: x.com/Samu_R_M/status/206697…

La Santa Inquisición y la falsa superioridad moral de la justicia liberal Pocas instituciones han sido tan deformadas por la propaganda moderna como la Santa Inquisición. Para el imaginario liberal, su nombre sirve como caricatura perfecta: oscuridad, arbitrariedad, fanatismo y crueldad. Pero esa imagen dice más de la mentalidad moderna que de la realidad histórica del tribunal. Edward Peters, historiador nada sospechoso de apologética tradicionalista, escribió que la Inquisición terminó convertida en “un cuerpo de leyendas y mitos”. Debemos comprender bien el problema: durante siglos se ha discutido más contra una imagen fabricada que contra una institución real, compleja, jurídica y perfectamente inteligible dentro de una civilización cristiana. [1] [2] La cuestión de fondo, en realidad, es filosófica antes que histórica. Para el mundo contemporáneo liberal, la justicia se mide desde la autonomía individual, la neutralidad del Estado y la conservación del orden público entendido en clave secular. Para una sociedad católica, la justicia se ordena también a la verdad, al bien común, a la salvación de las almas y a la protección de la fe recibida. Si se niega ese presupuesto, la Inquisición parecerá necesariamente incomprensible. Si se acepta, aparece como uno de los tribunales más serios y racionales de su tiempo. La doctrina tomista ayuda a entender por qué la creación de tribunales pertenece al orden mismo de una sociedad bien constituida. Para Santo Tomás, la ley es una “ordenación de la razón al bien común, promulgada por quien tiene el cuidado de la comunidad”. El tribunal, por tanto, nace cuando la autoridad pública aplica racionalmente esa ley para restablecer la justicia, proteger el bien común y ordenar la vida social conforme a la verdad. [3] Esto es esencial: en una visión católica, el hombre posee una dignidad recibida de Dios. Ha sido creado con alma racional, capaz de conocer la verdad, obrar libremente, responder moralmente de sus actos y dirigirse hacia su fin último. Precisamente por eso puede ser juzgado. El juicio no trata al hombre como simple pieza de una maquinaria estatal, sino como criatura moral, responsable ante Dios, ante la comunidad y ante la verdad. [4] Santo Tomás enseña también que el juez juzga en cuanto ejerce autoridad pública, no como particular movido por pasión privada. Esa idea separa la justicia de la venganza, lejos de lo que hoy muchos piensan. Un tribunal rectamente ordenado debe actuar conforme a ley, razón, prueba, bien común y autoridad legítima. [5] Desde esta perspectiva, por tanto, la Inquisición aparece como un tribunal mucho más serio que la justicia liberal contemporánea: reconocía que el hombre tiene alma, que la verdad obliga, que el error puede destruir a la comunidad y que la finalidad última de la justicia no se agota en castigar, sino en corregir, proteger y ordenar al hombre hacia Dios. Pero para el hombre moderno, naturalista por excelencia, esto resulta incomprensible, puesto que ni siquiera reconoce la existencia del alma. Piensa, por tanto, que lo sobrenatural es, necesariamente, antinatural. El Santo Oficio partía de una idea que hoy resulta insoportable para el liberalismo: el error religioso no es una opinión privada sin consecuencias públicas. Esto debemos tenerlo claro: la herejía, en una sociedad cristiana, dañaba la unidad espiritual del pueblo, confundía a los fieles, ponía en peligro las almas y rompía el orden común. La Iglesia no actuaba como una asociación privada defendiendo una preferencia doctrinal, sino como guardiana de la verdad revelada y responsable de conducir a los hombres hacia Dios. La propia doctrina católica sostiene que la sociedad debe reconocer la verdadera religión. El Catecismo afirma que el deber social de los cristianos consiste en “dar a conocer el culto de la única verdadera religión”, y añade que la Iglesia manifiesta así el reinado de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas. Ese principio permite entender la lógica del Santo Oficio mucho mejor que cualquier lectura liberal posterior. [6] Desde el punto de vista jurídico, la Inquisición tampoco fue el caos sanguinario que suele presentarse. Fue un tribunal escrito, técnico, con procedimientos, notarios, fiscales, defensa, ratificación de testimonios, archivo documental, revisión y control interno. Las causas eran individuales, las actuaciones quedaban registradas y los defectos procesales podían tener consecuencias. Incluso la historiografía crítica reconoce la importancia de sus expedientes precisamente porque eran tribunales de enorme cultura documental. [7] [8] Esto no significa idealizar cada actuación concreta. Hubo errores, injusticias y durezas propias de su época. Pero comparar la Inquisición real con la fantasía moderna de cámaras oscuras, tortura ilimitada y ejecuciones masivas es intelectualmente deshonesto. Leandro Martínez Peñas define el tormento inquisitorial como un “instrumento probatorio extraordinario”. Esa sola expresión ya destruye la imagen vulgar de una tortura caprichosa y permanente. Era una práctica jurídicamente regulada dentro de un mundo donde los tribunales civiles también recurrían al tormento, muchas veces con menos garantías y mucha mayor brutalidad. [9] Los datos históricos tampoco sostienen la leyenda negra. En el período mejor documentado, entre 1540 y 1700, los estudios de Contreras y Henningsen registran decenas de miles de causas, pero una proporción muy reducida de condenas a muerte. Hablamos de cifras muy alejadas del mito de millones de víctimas o de una maquinaria de exterminio. El Santo Oficio fue severo, sí; genocida, no. [10] Uno de los ejemplos más reveladores es la cuestión de la brujería. En la Europa moderna, muchos tribunales seculares y protestantes se entregaron a verdaderas cazas de brujas. La Inquisición española, en cambio, acabó actuando con una prudencia jurídica mucho mayor. Alonso de Salazar y Frías, tras investigar los procesos de Zugarramurdi, escribe: “No hubo brujas ni embrujadas en el lugar hasta que se comenzó a tratar y escribir de ellos”. La Suprema terminó frenando ese tipo de procesos y adoptando una actitud mucho más escéptica frente a las acusaciones de brujería. Ese dato por sí solo debería bastar para desmontar muchos tópicos modernos. [11] La justicia liberal contemporánea se presenta como humana, neutral y racional. Pero esa neutralidad es una ficción. Todo sistema jurídico sirve a una antropología. El liberalismo también tiene dogmas: autonomía absoluta, secularización, Estado como árbitro último, libertad entendida como voluntad, religión reducida a conciencia privada y verdad sustituida por procedimiento. Castiga en nombre de sus propios principios, aunque los disfrace de consenso democrático. Michel Foucault, desde una perspectiva nada católica, por cierto, vio algo importante: la modernidad penal se felicitaba de no castigar ya los cuerpos y de “corregir en adelante las almas”. La prisión moderna, la administración, el expediente, la vigilancia, la reeducación ideológica y la muerte civil del disidente muestran que la justicia liberal no ha eliminado el poder moral sobre el hombre. Lo ha ocultado bajo lenguaje técnico, burocrático y terapéutico. [12] Ahí aparece la diferencia nuclear respecto a ambos sistemas. La Inquisición entendía y proclamaba abiertamente cuál era su fin: custodiar la fe, corregir el error, proteger a los fieles y procurar la conversión. La justicia liberal afirma no tener doctrina, mientras impone la suya. El Santo Oficio entendía el delito religioso como una cuestión de verdad y salvación. El Estado moderno entiende la disidencia como una amenaza al orden secular, a la ideología dominante o a la sensibilidad pública del momento. Por eso puede afirmarse, con precisión, que la Santa Inquisición fue el mejor tribunal existido dentro de una civilización cristiana. No porque cada proceso fuera impecable, ni porque sus jueces estuvieran libres de pecado, ni porque pueda separarse de los límites históricos de su época. Fue superior por su fin, por su concepción de la verdad, por su ordenación al bien común cristiano, por su seriedad documental, por su conciencia de que el error puede destruir almas y por su negativa a fingir una neutralidad imposible. La justicia liberal juzga al hombre como individuo frente al Estado. La justicia cristiana lo mira como criatura de Dios, miembro de una comunidad, responsable ante la verdad y llamado a la salvación. Esa diferencia lo cambia todo. Una sociedad que cree en Dios organiza sus tribunales mirando también al cielo. Una sociedad que ha expulsado a Dios termina juzgando desde la ideología, el cálculo político, el sentimentalismo penal o la utilidad del poder. La Inquisición no fue el monstruo de la propaganda liberal. Fue el tribunal de una civilización que todavía sabía que la verdad importa, que la fe tiene dimensión pública y que la salvación de las almas vale más que la comodidad del mundo. Redactado por Samuel “SAMU” (@Samu_R_M), jurista. Referencias bibliográficas y doctrinales: 1. PETERS, Edward, Inquisition, Berkeley / Los Angeles / Oxford, University of California Press, 1989, ISBN 978-0-520-06630-4. 2. KAMEN, Henry, The Spanish Inquisition: A Historical Revision, New Haven / London, Yale University Press, 1998, ISBN 0-300-07522-7. 3. TOMÁS DE AQUINO, Santo, Suma de Teología, I-II, q. 90, a. 4. 4. TOMÁS DE AQUINO, Santo, Suma de Teología, I, q. 93. 5. TOMÁS DE AQUINO, Santo, Suma de Teología, II-II, q. 67, a. 2. 6. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2105. 7. MARTÍNEZ PEÑAS, Leandro, El proceso inquisitorial, Valladolid, Omnia Mutantur, 2022, ISBN 978-84-09-41043-9. 8. PÉREZ MARTÍN, Antonio, “La doctrina jurídica y el proceso inquisitorial”, en ESCUDERO LÓPEZ, José Antonio (coord.), Perfiles jurídicos de la Inquisición española, Madrid, 1986, ISBN 84-7491-265-2, pp. 279-322. 9. MARTÍNEZ PEÑAS, Leandro, “El tormento como instrumento jurídico del Santo Oficio”, Revista de la Inquisición. Intolerancia y Derechos Humanos, n.º 26, 2022, pp. 159-176, ISSN 1131-5571. 10. CONTRERAS, Jaime; HENNINGSEN, Gustav, “Forty-four Thousand Cases of the Spanish Inquisition (1540-1700): Analysis of a Historical Data Bank”, en HENNINGSEN, Gustav; TEDESCHI, John (eds.), The Inquisition in Early Modern Europe: Studies on Sources and Methods, DeKalb, Northern Illinois University Press, 1986, pp. 100-129. 11. HENNINGSEN, Gustav (ed.), The Salazar Documents: Inquisitor Alonso de Salazar Frías and Others on the Basque Witch Persecution, Leiden / Boston, Brill, 2004, ISBN 978-90-04-13186-6. 12. FOUCAULT, Michel, Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, trad. Aurelio Garzón del Camino, Buenos Aires / México / Madrid, Siglo XXI Editores, 2002; título original: Surveiller et punir, París, Gallimard, 1975, ISBN 987-98701-4-X. Obra: Francisco Rizi, Auto de fe en la Plaza Mayor de Madrid, 1683, óleo sobre lienzo, Museo Nacional del Prado, Madrid.
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La cantidad de católicos aborregados que piensan que un católico no puede discrepar de ninguna manera de aquello que no pertenece al depósito infalible de la fe y que, además, choca frontalmente con 2.000 años de doctrina católica, es el resultado de la gran labor que han hecho la infiltración de principios liberales, modernistas y naturalistas dentro de ciertos ambientes eclesiales y, en definitiva, la masonería dentro de la Iglesia. Hacen falta católicos bien formados, descomplejados y despiertos, que, evidentemente, no duden de las verdades reveladas, de los dogmas, ni de la legítima sucesión del Papa en la sede de San Pedro, pero que no permitan que la papolatría o la falsa creencia de que el Catecismo es infalible en su totalidad los ciegue y los aleje de Cristo y del camino que debería tomar la Santa Iglesia Católica. No se dejen asustar cuando, por defender lo que han defendido nuestros antepasados durante siglos a la luz de la doctrina, sean llamados “apóstatas”, “sedevacantistas” o “herejes” por aquellos que a diario permiten que la Iglesia siga sucumbiendo al mundo, sin ningún criterio. Viva Cristo Rey.
Les recomiendo a todos aquellos católicos de bien que quieran conocer la doctrina católica y formarse correctamente en la fe católica, sin modernismos ni ambigüedades, leer "Credo: Compendio de la Fe Católica", de Mons. Athanasius Schneider. Considero que es una lectura obligatoria si quieren evitar caer en errores de los que el actual Catecismo muy probablemente adolece. Por supuesto, pueden leer catecismos como el de Pío X, pero lo verdaderamente interesante del Compendio de Mons. Schneider es el hecho de que sea un compendio contemporáneo, que ataja de frente todas las problemáticas y polémicas actuales, haciendo que sea, junto con la lectura de un buen catecismo, la manera más aprovechable de formarse en la fe.
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Acab de fer una captura de pantalla d'aquest comentari delictiu. Et recomano que l'esborris abans de que acabi el dia.
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Estoy redactando un post bastante extenso sobre la Santa Inquisición. En cuanto pueda, lo terminaré y lo subiré. Pero quiero adelantar una idea central: la Santa Inquisición fue, probablemente, el tribunal más justo que ha existido. No porque cada actuación concreta fuese perfecta, sino porque partía de una concepción superior de la justicia: la verdad, el bien común, la salvación de las almas y la responsabilidad moral del hombre ante Dios. La justicia liberal contemporánea presume de neutralidad, pero también impone sus dogmas. La Inquisición, al menos, sabía para qué juzgaba: para custodiar la fe, corregir el error y proteger a una sociedad cristiana de aquello que podía destruirla desde dentro. Obra: Pedro Berruguete, La prueba del fuego (Santo Domingo y los albigenses), c. 1493-1499, Museo Nacional del Prado, Madrid.
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Les recomiendo a todos aquellos católicos de bien que quieran conocer la doctrina católica y formarse correctamente en la fe católica, sin modernismos ni ambigüedades, leer "Credo: Compendio de la Fe Católica", de Mons. Athanasius Schneider. Considero que es una lectura obligatoria si quieren evitar caer en errores de los que el actual Catecismo muy probablemente adolece. Por supuesto, pueden leer catecismos como el de Pío X, pero lo verdaderamente interesante del Compendio de Mons. Schneider es el hecho de que sea un compendio contemporáneo, que ataja de frente todas las problemáticas y polémicas actuales, haciendo que sea, junto con la lectura de un buen catecismo, la manera más aprovechable de formarse en la fe.
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